Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Después de la alborada, qué queda,
sino el susurro tibio de tu respiración,
la huella de tus dedos en mi espalda,
como versos escritos en el viento.
Queda el aroma de tu piel en la mía,
ese olor a mar y a eternidad,
la curva de tus labios aún dibujada
en los míos que murmuran tu nombre.
Queda el eco de nuestras risas,
perdidas entre sábanas y sueños,
y ese sol que nos encuentra entrelazados,
dos cuerpos convertidos en uno solo.
Queda la promesa de otro encuentro,
de más noches desveladas, de más albas compartidas,
donde cada estrella es testigo
de esta danza nuestra, perpetua y fugaz.
Y queda, mi amor, este amor inmenso,
un río que no sabe de desembocaduras,
que fluye, poderoso y manso,
bajo la piel, bajo el cielo, después de la alborada.
sino el susurro tibio de tu respiración,
la huella de tus dedos en mi espalda,
como versos escritos en el viento.
Queda el aroma de tu piel en la mía,
ese olor a mar y a eternidad,
la curva de tus labios aún dibujada
en los míos que murmuran tu nombre.
Queda el eco de nuestras risas,
perdidas entre sábanas y sueños,
y ese sol que nos encuentra entrelazados,
dos cuerpos convertidos en uno solo.
Queda la promesa de otro encuentro,
de más noches desveladas, de más albas compartidas,
donde cada estrella es testigo
de esta danza nuestra, perpetua y fugaz.
Y queda, mi amor, este amor inmenso,
un río que no sabe de desembocaduras,
que fluye, poderoso y manso,
bajo la piel, bajo el cielo, después de la alborada.