Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Después de la seducción
el silencio se acomoda en la piel,
como si la noche supiera más
de lo que callamos entre besos.
Los cuerpos, exhaustos de palabras,
se entienden mejor que los labios,
y el aire, ese cómplice invisible,
se cuela por las rendijas del cuarto,
susurrando secretos que nunca dijimos.
Después de la seducción,
el amor se queda mirando de lejos,
con esa cara de duda,
preguntándose si fue real o si
solo fue un suspiro pasajero
que dejamos ir entre gemidos.
Porque a veces,
después de la seducción,
solo queda la duda,
la esperanza de que el tacto
haya sido más que deseo,
más que hambre,
más que piel.
Y sin embargo,
en la madrugada,
cuando todo vuelve a su sitio,
te sorprende el aroma de la calma
como si, después de todo,
el amor todavía estuviera ahí,
escondido en la tibieza del cuerpo
que descansa a tu lado.
el silencio se acomoda en la piel,
como si la noche supiera más
de lo que callamos entre besos.
Los cuerpos, exhaustos de palabras,
se entienden mejor que los labios,
y el aire, ese cómplice invisible,
se cuela por las rendijas del cuarto,
susurrando secretos que nunca dijimos.
Después de la seducción,
el amor se queda mirando de lejos,
con esa cara de duda,
preguntándose si fue real o si
solo fue un suspiro pasajero
que dejamos ir entre gemidos.
Porque a veces,
después de la seducción,
solo queda la duda,
la esperanza de que el tacto
haya sido más que deseo,
más que hambre,
más que piel.
Y sin embargo,
en la madrugada,
cuando todo vuelve a su sitio,
te sorprende el aroma de la calma
como si, después de todo,
el amor todavía estuviera ahí,
escondido en la tibieza del cuerpo
que descansa a tu lado.