Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Detrás de la ventana,
tu silueta es una promesa inconfesable,
un pulso oculto que late entre el cristal y el aire.
Tus manos dibujan líneas en mi piel sin tocarme,
una caricia que se deshace en el viento,
como esos versos que nunca te dije
pero que siempre quisiste escuchar.
Me desarmo en la espera,
y en la pausa de tus ojos,
encuentro la furia de un abrazo que no llega,
el deseo se arrastra por las paredes,
como el humo lento de un cigarrillo consumido por el tiempo,
y tus labios, esos labios,
se cuelgan de cada rincón de mi mente
con la crudeza de una verdad que duele.
Eres la lluvia que nunca cesa,
el eco constante de un gemido sin voz,
una canción rota que insistes en cantar,
en medio de la noche,
cuando las palabras ya no bastan
y el cuerpo se convierte en el único idioma.
Sabes que te espero,
con la misma certeza con la que el sol desciende,
con esa mezcla de rabia y ternura,
porque amarte es un acto de locura
y perderte, una tragedia cotidiana.
Detrás de la ventana,
nos volvemos humo,
silencio,
y el cuerpo que sigue sin tocarse
es la única verdad que compartimos.
tu silueta es una promesa inconfesable,
un pulso oculto que late entre el cristal y el aire.
Tus manos dibujan líneas en mi piel sin tocarme,
una caricia que se deshace en el viento,
como esos versos que nunca te dije
pero que siempre quisiste escuchar.
Me desarmo en la espera,
y en la pausa de tus ojos,
encuentro la furia de un abrazo que no llega,
el deseo se arrastra por las paredes,
como el humo lento de un cigarrillo consumido por el tiempo,
y tus labios, esos labios,
se cuelgan de cada rincón de mi mente
con la crudeza de una verdad que duele.
Eres la lluvia que nunca cesa,
el eco constante de un gemido sin voz,
una canción rota que insistes en cantar,
en medio de la noche,
cuando las palabras ya no bastan
y el cuerpo se convierte en el único idioma.
Sabes que te espero,
con la misma certeza con la que el sol desciende,
con esa mezcla de rabia y ternura,
porque amarte es un acto de locura
y perderte, una tragedia cotidiana.
Detrás de la ventana,
nos volvemos humo,
silencio,
y el cuerpo que sigue sin tocarse
es la única verdad que compartimos.