Cristobal M Armenta
Poeta recién llegado
En la curva de tus nalgas
se reproduce la curvatura del infinito.
Lo mismo, como una réplica microcósmica,
la respiración dilata tu seno
igual que un manvantara cósmico:
¡Cuánto diera por ser el avatar
que provocare tus suspiros praláyicos!
De las oscuras cavernas de tu alma
nacen las rosas con su perfume místico;
más santo, más puro que el incienso o la mirra.
Dado que es así,
en vez de perfumarte con sándalo,
haré de su madera una guitarra
y en ella reproduciré la música de las esferas,
tan sólo para tus oídos;
afinándola sólo un poco
por encima del Do sostenido.
De tus ojos, viene a mí el amanecer;
como una parvada de gaviotas
que señalan la puerta al paraíso.
¡Vaya!
¡A quién importa si con lodo y sangre de dioses
fueron formados mis huesos
mientras pueda reflejarme en tus pupilas!
¿No nacieron acaso de tus senos
las cúpulas del cielo del norte y del sur?
¡Qué mal que a Marduk ni a Quetzalcoatl
se les ocurriera hacerlo de ese modo!
¡Las figuras celestes jugarían correteándose
unas a otras sin descanso
a fin de conducirte al paroxismo!
Agni, que brilla en tus pupilas,
enciende las linternas de los astros,
todos los hijos de Surya vienen a ti:
templo que andas, te mueves y suspiras;
a buscar consuelo de una malhadada vida,
y entonces, todo lo justificas tú;
y, como yo, todos cantan:
¿Acaso no es por tu presencia
que los dioses nos envidian?
se reproduce la curvatura del infinito.
Lo mismo, como una réplica microcósmica,
la respiración dilata tu seno
igual que un manvantara cósmico:
¡Cuánto diera por ser el avatar
que provocare tus suspiros praláyicos!
De las oscuras cavernas de tu alma
nacen las rosas con su perfume místico;
más santo, más puro que el incienso o la mirra.
Dado que es así,
en vez de perfumarte con sándalo,
haré de su madera una guitarra
y en ella reproduciré la música de las esferas,
tan sólo para tus oídos;
afinándola sólo un poco
por encima del Do sostenido.
De tus ojos, viene a mí el amanecer;
como una parvada de gaviotas
que señalan la puerta al paraíso.
¡Vaya!
¡A quién importa si con lodo y sangre de dioses
fueron formados mis huesos
mientras pueda reflejarme en tus pupilas!
¿No nacieron acaso de tus senos
las cúpulas del cielo del norte y del sur?
¡Qué mal que a Marduk ni a Quetzalcoatl
se les ocurriera hacerlo de ese modo!
¡Las figuras celestes jugarían correteándose
unas a otras sin descanso
a fin de conducirte al paroxismo!
Agni, que brilla en tus pupilas,
enciende las linternas de los astros,
todos los hijos de Surya vienen a ti:
templo que andas, te mueves y suspiras;
a buscar consuelo de una malhadada vida,
y entonces, todo lo justificas tú;
y, como yo, todos cantan:
¿Acaso no es por tu presencia
que los dioses nos envidian?