El día que te vi, no me viste.
Entonces tallé rosas en las piedras con las manos. Comencé a acariciarlas hasta robarles música, y logre que me mires.
Pero no pasabas de mirarme solamente.
Entonces cultive blancos bosques con una sola semilla. Y llegue a matar cien lágrimas dibujando por los aires tu sonrisa. Hasta que me admiraste casi con orgullo.
Advertí que no pasabas de eso.
Fue cuando días enteros bailé sin comer ni dormir sobre las nubes. Y llegue con las palabras a cristalizarlas.
Tus ojos brillaron, y llegaste a quererme.
Agotado descubrí que no pasabas de quererme.
Y tracé cientos de mapas para ubicar el centro de tu alma; pero siempre alguna isla naufragaba.
Y destruí el mundo para construirte uno nuevo: sin rencores, sin temores ni venganzas. Tan solo la amistad bordeaba recta las nuevas calles perfumadas.
Y no veía cambio alguno en ti.
Tan solo me querías más, y más; pero eso no bastaba...
Y volé tras los cometas para encuadrarte sus colas.
Y grité bajo los truenos dentro de la tormenta.
Y salté de estrella en estrella sin cansarme.
Y hostigué casi con delirio a Shakespeare y Neruda a escribirte mil poemas...
y me quisiste más, y más; pero eso no bastaba.
Son diferentes universos el querer y el amar argüía ya postrado y enfermo sobre mi cama.
Fue entonces cuando te vi entrar. Tan sumisa y silenciosa estabas.
Te quise enamorar, pero ya ninguna magia para hacerte me quedaba.
Te sentaste a mi lado (lo recuerdo)
Apenas pude entornar los ojos levemente. Así te observaba. Y de pronto, sin que tus labios lo advirtieran, me susurraste sonriendo Te quiero; pero eso no bastaba....
Intente conformarme, y quise guardar en mi pecho esas palabras. Por eso baje los párpados lentamente, casi con desgano. Y hablaste nuevamente.
Lloraste un Te amo.
Nada se alteró en mi cuerpo.
Se convirtió en polvo mi alma.
No pude abrir los ojos después de esas palabras.
Sentí el cuerpo liviano.
Volando entre soles, lagrimas y campanas
estaba mi amor, que era yo.
Volando entre lo basto me encontraba.
Ya podía morir; me amabas.
Ya podía morir; nos amábamos.
Eso era todo.
Eso bastaba.
Huber Giordano
Entonces tallé rosas en las piedras con las manos. Comencé a acariciarlas hasta robarles música, y logre que me mires.
Pero no pasabas de mirarme solamente.
Entonces cultive blancos bosques con una sola semilla. Y llegue a matar cien lágrimas dibujando por los aires tu sonrisa. Hasta que me admiraste casi con orgullo.
Advertí que no pasabas de eso.
Fue cuando días enteros bailé sin comer ni dormir sobre las nubes. Y llegue con las palabras a cristalizarlas.
Tus ojos brillaron, y llegaste a quererme.
Agotado descubrí que no pasabas de quererme.
Y tracé cientos de mapas para ubicar el centro de tu alma; pero siempre alguna isla naufragaba.
Y destruí el mundo para construirte uno nuevo: sin rencores, sin temores ni venganzas. Tan solo la amistad bordeaba recta las nuevas calles perfumadas.
Y no veía cambio alguno en ti.
Tan solo me querías más, y más; pero eso no bastaba...
Y volé tras los cometas para encuadrarte sus colas.
Y grité bajo los truenos dentro de la tormenta.
Y salté de estrella en estrella sin cansarme.
Y hostigué casi con delirio a Shakespeare y Neruda a escribirte mil poemas...
y me quisiste más, y más; pero eso no bastaba.
Son diferentes universos el querer y el amar argüía ya postrado y enfermo sobre mi cama.
Fue entonces cuando te vi entrar. Tan sumisa y silenciosa estabas.
Te quise enamorar, pero ya ninguna magia para hacerte me quedaba.
Te sentaste a mi lado (lo recuerdo)
Apenas pude entornar los ojos levemente. Así te observaba. Y de pronto, sin que tus labios lo advirtieran, me susurraste sonriendo Te quiero; pero eso no bastaba....
Intente conformarme, y quise guardar en mi pecho esas palabras. Por eso baje los párpados lentamente, casi con desgano. Y hablaste nuevamente.
Lloraste un Te amo.
Nada se alteró en mi cuerpo.
Se convirtió en polvo mi alma.
No pude abrir los ojos después de esas palabras.
Sentí el cuerpo liviano.
Volando entre soles, lagrimas y campanas
estaba mi amor, que era yo.
Volando entre lo basto me encontraba.
Ya podía morir; me amabas.
Ya podía morir; nos amábamos.
Eso era todo.
Eso bastaba.
Huber Giordano
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