Byroniana
Poeta fiel al portal
A ti, mediocridad rastrera en que vivo. Alegoría del mundo encarnada en la carne de "un señor"´-representación simbólica- que sufre y llora las desgracias de este tiempo.
Digan algo, hagan algo
¡Díganle algo,
por Dios, díganle!
Aquel señor
que se sienta en la muerte,
díganle, que no puedo yo.
¿No ven que llora solo?
¿Es que no ven nada?
¿O solo veo yo?
Que rechaza la mirada,
que la fe la rompe
en pedazos de dolor,
que odia, ya no siente,
¡no se callen!
que la vida se le anula
de apretar el corazón.
Y si miran
¿por qué no ven nada?
y si sienten
¿por qué no aman?
Y como si nada
el señor muere
en aquel banco de dolor
sin dolerse de la vida.
Díganle, por favor,
por el pensamiento
furtivo que se cuela
sin permiso en el ansia,
mírenle, aunque sus ojos
no hablen,
denle la mano
de la compasión,
si es que llamarse puede
humana a esta raza
que regala prisas
de limosna en la mano
del pobre,
que consume barbarie
con palomitas de maiz,
que raciona la ayuda
aportando sobras
de la alegría que
quedaron en el bolsillo,
que materializa el alma
con la marca del porvenir,
con la empresa sociológica
y su venta de ideas
al precio asequible
del poder y la razón,
al precio único
de comprar unas lágrimas
para el morbo mediático,
al precio de consultar
diccionario de sentimientos
para encontrar
una cara adecuada
frente a nuestro hermano
de la calle, el empresario
que juega con la palabra,
con la vida y con los sueños
a crear informes de la historia.
Algo de tiempo denle
a aquel señor que llora solo,
aunque no lo pueda pagar,
ignorantes del destino
¿por qué camináis
sin caminar?
Algo aunque fuese
pedazos de alma,
un sentimiento sincero
por el que sufre de la existencia
y se ahoga sin llanto
y se asfixia del aire,
y se refugia en la bohemia
de un mundo mediocre,
por el que sufre
sentado en un banco
y espera errante al tiempo,
por ese señor que se queda
en el último asiento
a sollozar no sus penas,
sino el mundo ,
y nuestros lamentos.
Díganle algo a
ese señor,
¡hagan algo!
Por una inmundicia
que él paga
Por nosotros
Por Dios, digan algo,
hagan algo
por ese señor
Digan algo, hagan algo
¡Díganle algo,
por Dios, díganle!
Aquel señor
que se sienta en la muerte,
díganle, que no puedo yo.
¿No ven que llora solo?
¿Es que no ven nada?
¿O solo veo yo?
Que rechaza la mirada,
que la fe la rompe
en pedazos de dolor,
que odia, ya no siente,
¡no se callen!
que la vida se le anula
de apretar el corazón.
Y si miran
¿por qué no ven nada?
y si sienten
¿por qué no aman?
Y como si nada
el señor muere
en aquel banco de dolor
sin dolerse de la vida.
Díganle, por favor,
por el pensamiento
furtivo que se cuela
sin permiso en el ansia,
mírenle, aunque sus ojos
no hablen,
denle la mano
de la compasión,
si es que llamarse puede
humana a esta raza
que regala prisas
de limosna en la mano
del pobre,
que consume barbarie
con palomitas de maiz,
que raciona la ayuda
aportando sobras
de la alegría que
quedaron en el bolsillo,
que materializa el alma
con la marca del porvenir,
con la empresa sociológica
y su venta de ideas
al precio asequible
del poder y la razón,
al precio único
de comprar unas lágrimas
para el morbo mediático,
al precio de consultar
diccionario de sentimientos
para encontrar
una cara adecuada
frente a nuestro hermano
de la calle, el empresario
que juega con la palabra,
con la vida y con los sueños
a crear informes de la historia.
Algo de tiempo denle
a aquel señor que llora solo,
aunque no lo pueda pagar,
ignorantes del destino
¿por qué camináis
sin caminar?
Algo aunque fuese
pedazos de alma,
un sentimiento sincero
por el que sufre de la existencia
y se ahoga sin llanto
y se asfixia del aire,
y se refugia en la bohemia
de un mundo mediocre,
por el que sufre
sentado en un banco
y espera errante al tiempo,
por ese señor que se queda
en el último asiento
a sollozar no sus penas,
sino el mundo ,
y nuestros lamentos.
Díganle algo a
ese señor,
¡hagan algo!
Por una inmundicia
que él paga
Por nosotros
Por Dios, digan algo,
hagan algo
por ese señor