BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
A los pobres no nos quiere nadie.
No importa, no importa nada en absoluto,
lo qué digan o manifiesten los tristes y los miserables,
los endebles, patéticos, carismáticos u obtusos
políticos y arribistas empresarios, diversos: no nos quiere
nadie. A partir de aquí, nos queda la miseria compartida,
la miseria solidaria, lo horrísono y lo incierto
de ocultarnos tras las persianas aborrecibles.
A los pobres, señores, continúo mi discurso,
no nos quiere nadie. Somos los indigentes,
los parias, los imbéciles, los destituidos, meros decorados
que exige el triunfo, y exigen los triunfadores, para pasear
la estulta mano de sus damas por las calles.
Somos los perros siniestros que cambiamos de collar
pero no de dueño; somos la luna accidentada en los escaparates
de los ricos y los mentecatos. Somos la novena de beatas y arciprestes,
el alucinógeno mental que necesitan sermoneadores y ripiosos.
©
No importa, no importa nada en absoluto,
lo qué digan o manifiesten los tristes y los miserables,
los endebles, patéticos, carismáticos u obtusos
políticos y arribistas empresarios, diversos: no nos quiere
nadie. A partir de aquí, nos queda la miseria compartida,
la miseria solidaria, lo horrísono y lo incierto
de ocultarnos tras las persianas aborrecibles.
A los pobres, señores, continúo mi discurso,
no nos quiere nadie. Somos los indigentes,
los parias, los imbéciles, los destituidos, meros decorados
que exige el triunfo, y exigen los triunfadores, para pasear
la estulta mano de sus damas por las calles.
Somos los perros siniestros que cambiamos de collar
pero no de dueño; somos la luna accidentada en los escaparates
de los ricos y los mentecatos. Somos la novena de beatas y arciprestes,
el alucinógeno mental que necesitan sermoneadores y ripiosos.
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