prisionero inocente
Poeta que considera el portal su segunda casa
Soy un donante de sangre helada, buscando el hospital de los reptiles.
Me han dicho que allí llegan damas con sombrero
y clavos de oro en los pezones, fanáticas viudas
que dejan un cheque para cubrir los gastos del viaje hacia el infierno
si sus boas son compatibles y no rechazan la transfusión.
Como decía, hoy soy un devorador de placentas
que vibra entre las acacias condensadas de su retina ciega,
ogro acostumbrado a lamer sangre y comer nieve.
Miro por la ventana, con el cuello sostenido
en el alféizar y desde otra lengua me acarician sonidos
que solamente tú , amor, podrías emitir
a mi entierro, debajo del paraguas,
detrás de las setas venenosas de las horas
que crecerán en esa lluvia de la Nada
y entre el gemido de los bueyes que llevarán mi ataúd cerrado,
entre los golpes de las gotas de nuestro olvido.
Me han dicho que allí llegan damas con sombrero
y clavos de oro en los pezones, fanáticas viudas
que dejan un cheque para cubrir los gastos del viaje hacia el infierno
si sus boas son compatibles y no rechazan la transfusión.
Como decía, hoy soy un devorador de placentas
que vibra entre las acacias condensadas de su retina ciega,
ogro acostumbrado a lamer sangre y comer nieve.
Miro por la ventana, con el cuello sostenido
en el alféizar y desde otra lengua me acarician sonidos
que solamente tú , amor, podrías emitir
a mi entierro, debajo del paraguas,
detrás de las setas venenosas de las horas
que crecerán en esa lluvia de la Nada
y entre el gemido de los bueyes que llevarán mi ataúd cerrado,
entre los golpes de las gotas de nuestro olvido.
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