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el beso y el grito. poema de tom wayman.

charlie ía

tru váyolens
El beso y el grito


Cuando por primera vez nos besamos, esa noche de noviembre
oí el ruido apagado de un llanto.

Alejé mis labios. En el aire frío
alguien estaba sollozando.

Ella me trajo hacia sí. Nos besamos otra vez, bocas abriéndose
lenguas empezando sus primeros descubrimientos
por donde va la sangre cálida, pulsando dentro de nuestra carne.

Pero el llanto se escuchó más fuerte. A través de mis orejas
reconocí las lágrimas de la mujer de la cual me separé
después de dos años. Y sin abrir mis ojos
la escuché unida a la agonía ronca y masculina
que debía ser del marido de la chica que yo abrazaba ahora
– brazos alrededor de la piel y tela de nuestros abrigos –
el marido que ella dejó hace seis meses.

Besos y besos. Pero la noche fría alrededor de nosotros
hizo crecer una avalancha de llanto: lágrimas de sus padres y los míos
por lo que hicimos y lo que haríamos. Lágrimas sumadas
por nuestros amigos que estaban amargos y solitarios esta tarde
y el llanto de otros que no conocíamos y estaban también solos.

Lágrimas de los matrimonios de la ciudad:
porque ninguno de ellos vivían un momento como éste,
lágrimas de aquellos desgastados en sus trabajos,
lágrimas de los lisiados, retrasados, lágrimas de los locos,
las extrañas, quebradas lágrimas de los hambrientos, los enfermos,
y las sin esfuerzo, sin esperanza, constantes lágrimas de los pobres.

Todo esto nos rodeó, cuando nos agarrábamos en la noche:
un aullido, un clamor llenaba la calle vacía
y el aire fresco. Y pude distinguir
el sonido de mi propio llanto: dolorosos e incontrolables jadeos
de mi pecho y aliento, espasmos motivados por alguna horrible pérdida
que todavía no había descubierto…

En el asiento delantero de mi auto, donde nos abrazábamos como adolescentes
manos recorriendo desesperadamente nuestros cuerpos, bajo nuestra pesada ropa de invierno
aunque los dos teníamos cerca de treinta años
me dirigí al ruido de tanta miseria:

Si mi dolor sumado al de ustedes, ayudara, dije
renunciaría a la alegría.
Juro que, si pudiera, iría ahora mismo a vivir a un mundo diferente:
algún planeta sin esta constante infelicidad.
Pero no creo que mi pena
ayudará a otro ser humano.

Y cuando dije esto, no hubo ni un sonido en el auto
o bajo los faroles, salvo su respiración y la mía.
Estaba muy tranquilo, muy seguro.
Creo que en ese instante otra persona nació.


Tom Wayman
 
gracias chicas.

el charlie es un maleducado, y pensarán ahora que viene a responder simplemente porque éste ese el poema ideal para reflexionar un domingo de amor en el extranjero.

están en lo cierto. bailá con un extranjero.

salud.
 

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