El calor de París
sabe a noche y a sueño,
a bohemio dulzón,
a barcaza dormida.
Se desdobla el calor
en dos ramas fulgentes
y se enreda en los labios
como un beso de azúcar.
El calor no es calor:
es deseo y caricia,
caminata de flores,
escalera a la luna.
Sofocante, conduce
a mansiones secretas
y se eleva despacio
y se hunde en la carne.
El calor de París,
atrevido viandante,
nos despide lloroso
y en la piel lo llevamos
hacia otro destino.
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