José Ignacio Ayuso Diez
Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
Hoy la luz clara del alba no quiere entrar por mi ventana.
Yo se que ya ha amanecido, escucho al pesado mirlo cantando a la mañana.
Pero no hay luz, me bajo de la cama, corro las cortinas y levanto la persiana,
la noche sigue ahí, la sombra de ayer sigue inmóvil, no se aparta de mí.
No siento nada, ni siquiera me perturba esta absurda mañana.
Mi sombra me acompaña teme dejarme a solas en mi humilde morada.
Busco a tientas el interruptor de mi vida, que ha desistido y desaparecido
y preparo una taza de intenso café de cafeína cargada,
quiero afrontar con bríos esta tenebrosa y sombría mañana.
Camino a oscuras por el corto pasillo, y la sombra sigue a mí pegada.
Me meto en la ducha y el agua está helada,
intuyo a mi aciago cuerpo adherido de frío,
hoy no se pega el bao sobre el espejo raído ,
y la oscura luz de la ventana me impide verlo carcomido.
La curva de mi redonda panza se esconde y me lanza una alarma,
no ha comido.
Que insensatez salir por la puerta, bajar las escaleras, salir a la calle
y no encontrar ni ver nada.
Mi cabeza da vueltas, mis manos se agrandan,
mis pies se detienen todo me empuja, ya nada avanza.
Siento hambre, y sigo el camino marcado de la imaginación ciega.
Todo está cerrado, ni siquiera hay pomos en las puertas ancladas.
Grito sin fuerzas, nadie me escucha, ni siquiera el eco responde en mi ayuda,
vuelvo a gritar con menos fuerza y se escucha a lo lejos
el golpe seco de una caducada y solitaria lata.
Sigo sin ver menos que nada, la oscuridad me envuelve,
la oscuridad me atrapa
y se agolpan en mi retina los opacos sonidos de la angustiosa mañana.
Mis oídos se abren a la luz del silencio,
y solo escucho arrastrar las cadenas de mi alma.
No veo … ni escucho … ni siento nada.
He perdido las llaves de mi vida, no hallo el retorno a mi casa,
la que tenía una pequeña ventana
por donde entraba la calidad luz cada mañana.
Estoy solo y perdido nadie me busca, nadie me encuentra.
Ni siquiera mi propia sombra acude en mi busca, ya no quiere saber de mí.
Por no tener, no tengo, ni la compañía de mi soledad austera.
Ya no me quedan ni fuerzas, ni ganas, ni más por vivir,
sigo esperando sin esperanzas, a la sempiterna dama mortal
y no se en qué brazos arrojarme
si al arrullo de su eterna compañía
o a su infinita y sórdida soledad.
Adiós sombra, adiós soledad,
espero encontrarme algún día con la sombra de mi muerte,
mi anhelada y lejana muerte.
Autor: José Ignacio Ayuso Diez.
Yo se que ya ha amanecido, escucho al pesado mirlo cantando a la mañana.
Pero no hay luz, me bajo de la cama, corro las cortinas y levanto la persiana,
la noche sigue ahí, la sombra de ayer sigue inmóvil, no se aparta de mí.
No siento nada, ni siquiera me perturba esta absurda mañana.
Mi sombra me acompaña teme dejarme a solas en mi humilde morada.
Busco a tientas el interruptor de mi vida, que ha desistido y desaparecido
y preparo una taza de intenso café de cafeína cargada,
quiero afrontar con bríos esta tenebrosa y sombría mañana.
Camino a oscuras por el corto pasillo, y la sombra sigue a mí pegada.
Me meto en la ducha y el agua está helada,
intuyo a mi aciago cuerpo adherido de frío,
hoy no se pega el bao sobre el espejo raído ,
y la oscura luz de la ventana me impide verlo carcomido.
La curva de mi redonda panza se esconde y me lanza una alarma,
no ha comido.
Que insensatez salir por la puerta, bajar las escaleras, salir a la calle
y no encontrar ni ver nada.
Mi cabeza da vueltas, mis manos se agrandan,
mis pies se detienen todo me empuja, ya nada avanza.
Siento hambre, y sigo el camino marcado de la imaginación ciega.
Todo está cerrado, ni siquiera hay pomos en las puertas ancladas.
Grito sin fuerzas, nadie me escucha, ni siquiera el eco responde en mi ayuda,
vuelvo a gritar con menos fuerza y se escucha a lo lejos
el golpe seco de una caducada y solitaria lata.
Sigo sin ver menos que nada, la oscuridad me envuelve,
la oscuridad me atrapa
y se agolpan en mi retina los opacos sonidos de la angustiosa mañana.
Mis oídos se abren a la luz del silencio,
y solo escucho arrastrar las cadenas de mi alma.
No veo … ni escucho … ni siento nada.
He perdido las llaves de mi vida, no hallo el retorno a mi casa,
la que tenía una pequeña ventana
por donde entraba la calidad luz cada mañana.
Estoy solo y perdido nadie me busca, nadie me encuentra.
Ni siquiera mi propia sombra acude en mi busca, ya no quiere saber de mí.
Por no tener, no tengo, ni la compañía de mi soledad austera.
Ya no me quedan ni fuerzas, ni ganas, ni más por vivir,
sigo esperando sin esperanzas, a la sempiterna dama mortal
y no se en qué brazos arrojarme
si al arrullo de su eterna compañía
o a su infinita y sórdida soledad.
Adiós sombra, adiós soledad,
espero encontrarme algún día con la sombra de mi muerte,
mi anhelada y lejana muerte.
Autor: José Ignacio Ayuso Diez.