BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hay una zona de separación en que convergen
eternos zaguanes, imbéciles camposantos, neumáticos,
desguaces, ilustrativos hombres que gestan su espanto
adictivo, y un montón de gente que zumba desubicada,
desorientada, descontrolada, entorno a un eje de matemática
belleza insular. Hay una despoblación insólita derivada
de aspectos sublimes, y una acometida brutal de pájaros
en la sombra, y una dinamo vertical que apacigua su vientre
de ballena o paloma. En derredor,
donde quiera que mires, pantallas desoladas retransmitiendo
fútbol insistentemente, y grandes océanos de palabras
que duermen la siesta en las gargantas anestesiadas.
Un tronco incendiado responde a un encuestador;
una víbora azul destaca en su colorido entusiasta;
un afluente de las persianas transmite su poderoso manto circular.
Es que las fuentes antiguas
miden sus prisas con el infierno, y un noctámbulo
apeadero, donde se asientan las fríos metales del sueño,
vibran con su emblema carcomido. Es un suceso insoportable,
tierra que ataca con su bandera disuelta, un amarillo hedor
que desarrolla sus hordas insensibles. Es la pacífica confusión
del que siente de rodillas el hambre y el esperma, la indigna
persecución que muestran los dientes desaforados, de náuseas concentradas,
de obligados espermas que circulan mi cuerpo hasta saciarse
inoportunamente, en asilos dentales. Oh
bromuro de los días inciertos, cómo arrojáis de mi alma
tiernos bucles desidiosos, emblemas capacitados de un origen
dudoso, de aspectos diversos en lo enigmático del día horizontal.
Y en las persianas que se cierran, en los lugares sin ortografía
quemo la vida y me persigno voluntariamente, hasta desear el mal
a casi todos los que, sin mí, viven. Persigo indeciblemente
la oportuna variedad emocional, y me asola la indiscriminada
onda de inventarios que formulo con lenguajes desgastados.
En mí todo se transforma en depósito, almacén, dientes clausurados:
archivos innecesarios. ©
eternos zaguanes, imbéciles camposantos, neumáticos,
desguaces, ilustrativos hombres que gestan su espanto
adictivo, y un montón de gente que zumba desubicada,
desorientada, descontrolada, entorno a un eje de matemática
belleza insular. Hay una despoblación insólita derivada
de aspectos sublimes, y una acometida brutal de pájaros
en la sombra, y una dinamo vertical que apacigua su vientre
de ballena o paloma. En derredor,
donde quiera que mires, pantallas desoladas retransmitiendo
fútbol insistentemente, y grandes océanos de palabras
que duermen la siesta en las gargantas anestesiadas.
Un tronco incendiado responde a un encuestador;
una víbora azul destaca en su colorido entusiasta;
un afluente de las persianas transmite su poderoso manto circular.
Es que las fuentes antiguas
miden sus prisas con el infierno, y un noctámbulo
apeadero, donde se asientan las fríos metales del sueño,
vibran con su emblema carcomido. Es un suceso insoportable,
tierra que ataca con su bandera disuelta, un amarillo hedor
que desarrolla sus hordas insensibles. Es la pacífica confusión
del que siente de rodillas el hambre y el esperma, la indigna
persecución que muestran los dientes desaforados, de náuseas concentradas,
de obligados espermas que circulan mi cuerpo hasta saciarse
inoportunamente, en asilos dentales. Oh
bromuro de los días inciertos, cómo arrojáis de mi alma
tiernos bucles desidiosos, emblemas capacitados de un origen
dudoso, de aspectos diversos en lo enigmático del día horizontal.
Y en las persianas que se cierran, en los lugares sin ortografía
quemo la vida y me persigno voluntariamente, hasta desear el mal
a casi todos los que, sin mí, viven. Persigo indeciblemente
la oportuna variedad emocional, y me asola la indiscriminada
onda de inventarios que formulo con lenguajes desgastados.
En mí todo se transforma en depósito, almacén, dientes clausurados:
archivos innecesarios. ©