Angel Of Silence
Poeta recién llegado
No le temo a la compañía helada de la soledad; le temo a sus palabras cuando el silencio se va volviendo denso y nadie parece escuchar, confundiendo poco a poco mis pensamientos con cada ruido sutil que deja a su paso, ahogando la poca esperanza que aún queda, convirtiéndola en una madriguera de fantasmas hambrientos que se van alimentando sin piedad de los restos de mi cordura.
No le temo a la soledad cuando la siento cerca; le temo a lo que murmura detrás de las paredes, a esos susurros dejados con malicia a las puertas de mis oídos, despertando con sus ecos los recuerdos sepultados en las criptas de mi memoria: esos que caminan descalzos por los pasillos de mi mente, arrastrando sus sombras por la oscuridad y cargando consigo lo que juré haber olvidado.
No le temo a la soledad cruel que se disfraza de amiga; le temo a sus risas que ya no están presentes, pero tampoco desaparecen.
Ríe sin voz,
sin forma,
como ecos que se repiten en la nada... Y en esa nada ella se vuelve más fuerte y yo más vulnerable.
No le temo a la soledad, porque ella no se cansa.
Ella simplemente observa,
es paciente,
sabe que llegará su momento.
No hay farol que la ahuyente,
ni plegaria que la distraiga en su eterna espera.
Y mientras aguarda, se acerca, ocupando los espacios que voy dejando:
sin resistencia,
sin refugio,
sin nada que pueda interponerse entre ella.
Y entonces lo comprendo: la soledad no vino a acompañarme, vino a reemplazar lo que perdí. Y lo hizo tan despacio y tan silenciosamente, que el último en darse cuenta fui yo.
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