joanmoypra
Poeta que considera el portal su segunda casa
Cuentan que iba un cojo un día de visita a la ciudad,
con un carro y una mula agarrada del ramal;
cantaba por el camino maravillas de su tierra,
para ir matando el tiempo entre llanuras y sierras.
A la mitad del camino y cuando menos lo esperaba,
del eje una rueda se salía dejándole en la estacada,
en aquel solitario llano, sin ayuda y sin compaña.
El sol se estaba poniendo con sus tenues y amarillentos rayos,
que se reflejaban en las copas de los árboles centenarios,
dando sombras parecidas a las almas en pena que
purgando van su condena, por esos lugares
inhóspitos, vacíos y solitarios.
Sin ayuda y sin consuelo el cojo se lamentaba
de la mala suerte suya que había tenido en esta jornada;
reviso las pertenencias que siempre le acompañaban,
para ver sí podía pernoctar en el sitio que él estaba.
Cuando a las viandas llego para su cena empezar,
unos rumores a lo lejos escucho en la obscuridad,
y ante el temor que sintió por la imprevista novedad
una escopeta cogía para intentar protegerse
si algún problema acaecía;
echándosela a la cara y con una sonora exclamación lanzó,
¡alto, quien va!, y el silencio apareció.
Desde el interior de las sombras una silueta salía,
con las manos levantadas y en la boca una sonrisa,
respondiendo con firme voz: ¡viajero, y hombre de bien!,
a lo que el tullido respondió, ¡baje las manos y amén!
Cuando lo tuvo a su altura y sin apartar su escopeta el cojo le interrogo,
sobre como el mismo a este lugar tan sigiloso y de improviso llego:
con desparpajo estudiado y sin vacilación alguna a este le comento,
que de su pueblo hacia la ciudad marchaba a buscar ocupación,
para en casa de un familiar que una fragua allí tenia practicar su profesión.
El desconfiado anfitrión ante tal casualidad y posterior explicación,
su ayuda solicito para intentar reparar del carro la rueda
que averiada sobre el verde campo cayo,
y seguir con su camino que mucha prisa tenia, para llevar
a la ciudad la carga que al mercado con el mismo repartía.
Después de la compostura del siniestrado transporte,
el impedido observo que la maña del sujeto
más que de un humilde y vulgar carretero,
era de un avispado descuidero,
que en veredas y caminos intentan desvalijar al que allí llega primero.
Cuando el trabajo concluyo el mismo a él le abono,
y encarando la escopeta a marcharse gentilmente con la mano le invito,
dando gracias por su ayuda con talante,
y una mueca en el semblante por no fiarse del tunante
que en el pasquín con su cara descubrió.
Y aquí se acaba la historia de los aprovechados fulanos,
que a base de malas artes siempre nos están engañando,
sin haberse dado cuenta, que como dice el refrán,
Se coge antes a un embustero que a uno que cojeando va.
Joanmoypra/enero/2012
con un carro y una mula agarrada del ramal;
cantaba por el camino maravillas de su tierra,
para ir matando el tiempo entre llanuras y sierras.
A la mitad del camino y cuando menos lo esperaba,
del eje una rueda se salía dejándole en la estacada,
en aquel solitario llano, sin ayuda y sin compaña.
El sol se estaba poniendo con sus tenues y amarillentos rayos,
que se reflejaban en las copas de los árboles centenarios,
dando sombras parecidas a las almas en pena que
purgando van su condena, por esos lugares
inhóspitos, vacíos y solitarios.
Sin ayuda y sin consuelo el cojo se lamentaba
de la mala suerte suya que había tenido en esta jornada;
reviso las pertenencias que siempre le acompañaban,
para ver sí podía pernoctar en el sitio que él estaba.
Cuando a las viandas llego para su cena empezar,
unos rumores a lo lejos escucho en la obscuridad,
y ante el temor que sintió por la imprevista novedad
una escopeta cogía para intentar protegerse
si algún problema acaecía;
echándosela a la cara y con una sonora exclamación lanzó,
¡alto, quien va!, y el silencio apareció.
Desde el interior de las sombras una silueta salía,
con las manos levantadas y en la boca una sonrisa,
respondiendo con firme voz: ¡viajero, y hombre de bien!,
a lo que el tullido respondió, ¡baje las manos y amén!
Cuando lo tuvo a su altura y sin apartar su escopeta el cojo le interrogo,
sobre como el mismo a este lugar tan sigiloso y de improviso llego:
con desparpajo estudiado y sin vacilación alguna a este le comento,
que de su pueblo hacia la ciudad marchaba a buscar ocupación,
para en casa de un familiar que una fragua allí tenia practicar su profesión.
El desconfiado anfitrión ante tal casualidad y posterior explicación,
su ayuda solicito para intentar reparar del carro la rueda
que averiada sobre el verde campo cayo,
y seguir con su camino que mucha prisa tenia, para llevar
a la ciudad la carga que al mercado con el mismo repartía.
Después de la compostura del siniestrado transporte,
el impedido observo que la maña del sujeto
más que de un humilde y vulgar carretero,
era de un avispado descuidero,
que en veredas y caminos intentan desvalijar al que allí llega primero.
Cuando el trabajo concluyo el mismo a él le abono,
y encarando la escopeta a marcharse gentilmente con la mano le invito,
dando gracias por su ayuda con talante,
y una mueca en el semblante por no fiarse del tunante
que en el pasquín con su cara descubrió.
Y aquí se acaba la historia de los aprovechados fulanos,
que a base de malas artes siempre nos están engañando,
sin haberse dado cuenta, que como dice el refrán,
Se coge antes a un embustero que a uno que cojeando va.
Joanmoypra/enero/2012