En una tarde opaca, aquel hombre de tez anaranjada observaba que en el sagrado lago azul de los cisnes flotaban restos óseos de difuntos gladiadores del Amor. Pero ni una lágrima asomaba por su mejilla ardiente. Decidió desnudarse, quitándose la armadura de señorial espartano e introducirse en el agua ahora turbia por los restos de los alabados seres que otrora vida habían sido vitoreados y engalanados con la corona de olivo. Distintivo de la santa bravura a la hora de pelear como sediciosos varones de viril fuerza descomunal. Cuando ya estaba inmerso en tal plato acuoso, un cisne negro se acercó hacia él y, picoteando en su cabeza descubierta le hizo rememorar las bellas horas en que, hace años, él y su desaparecida amada habían besado sus labios en el remanso de paz que ahora había sido tragado por el refluir de la sangre que, para su estupefacción, manaba de su testa, ya a punto de morir desmayado.