En una frecuencia de obtuso eco epileptoide sumerges tu agrio cerebro desbocado,como un salvaje perro de diez ojos.Deliras como una ménade que encharca su negra cabellera en la mar salitrosa que bebe un paupérrimo borracho,alabado por las multiformes bendiciones de un dios que proyecta su fiel figura en el partenón desmoronado por tu intuición autodestructiva. Entonces te escondes en el rincón de un vejestorio psiquiátrico donde los locos bailan al son del clarinete que sopla torpe la macilenta luna menguante:esa vieja bruja de sabiduría embadurnada en añejo vino tinto.Pero tu no estás para esas macabras danzas.Por eso,te abres un costado y enseñas sin ningún pudor la herida lacerante que un fogonazo precipitado causó como negra herida bañada en alcohol salpimentado.No pudiendo aguantar más el quemazón,la embadurnas con miel para que las voraces hormigas rojas la corroan lentamente mientras tu,vil secuaz del demonio,ululas en un alarde sadomasoquista de placer teñido en la bandera ensangrentada de un dios moribundo.