En aquella casa de penumbra malévola vivía un fantasmagórico personaje, que todas las noches de víspera de San Juan se dedicaba a los más blasfemos rituales nigromantes. Justo cuando cuadró un año aciago en ese negro tiempo de espectros al acecho, el sujeto se encerró en una habitación toda cubierta con blasfemas colgaduras de terciopelo negro. Y un gran espejo claro y profundo era fiel testigo de su reflejo mortuorio, mientras dos pérfidas llamas de vacunados cirios en la sangre de inmolado gato negro iluminaban sutilmente con sus sombras de horror supersticioso. El hombre, que era conde, se desnudó, y en la semiclara guarida de la magia eterna se vio reflejado en el susodicho cuadro de los milagros como una antorcha diabólica que empreñaba la matriz siniestra de una cabra blanca. Entonces soltó un grito de éxtasis jubiloso y he aquí que cayó desmayado al suelo de caoba. Transmutado todo él en un sanguinolento esqueleto de raigambre crepuscular, que presto se pudriría y volatizaría cuando las velas llegasen al ocaso funesto de su impávido y lúgubre tránsito.