José Luis García Herrera
Poeta recién llegado
Iluminado por la cálida mirada que me brindas
acometí el abrazo sin cautela, deseoso
de habitar todas tus horas, enfermo
de las noches en blanco que robó el insomnio.
Afirmé mi pasión sobre tus labios
sellando un compromiso de amantes clandestinos;
próximos al milagro, a la yesca salobre
de dos manos unidas a dos manos de agua.
Perdí todo rubor. Tus hombros me ofrecían
los dones del asedio,
me instaban a rodear tu recinto de fuego
con las brasas de mis dedos,
en el ángulo nocturno de una sed distinta
que sacio con la sed que dispone el instinto.
Afirmé mis manos de barro cálido
en la mujer que nace cuando cierro los ojos; serena
en el túnel oscuro de esta noche sagrada, dueña
de mi piel que anhela perpetuar el roce
en la piel morena que agradece el regreso,
en la contienda
por estrechar el mar contra mi pecho.
acometí el abrazo sin cautela, deseoso
de habitar todas tus horas, enfermo
de las noches en blanco que robó el insomnio.
Afirmé mi pasión sobre tus labios
sellando un compromiso de amantes clandestinos;
próximos al milagro, a la yesca salobre
de dos manos unidas a dos manos de agua.
Perdí todo rubor. Tus hombros me ofrecían
los dones del asedio,
me instaban a rodear tu recinto de fuego
con las brasas de mis dedos,
en el ángulo nocturno de una sed distinta
que sacio con la sed que dispone el instinto.
Afirmé mis manos de barro cálido
en la mujer que nace cuando cierro los ojos; serena
en el túnel oscuro de esta noche sagrada, dueña
de mi piel que anhela perpetuar el roce
en la piel morena que agradece el regreso,
en la contienda
por estrechar el mar contra mi pecho.