El mejor vino

Restugenos

Poeta recién llegado
EL MEJOR VINO


Por : Restugenos


La tarde ya estaba avanzada al otro lado de la ventana del salón.
Lo recuerdo bien, porque allí estaba yo, mirando a través de ella, tratando de desperezarme de una larga siesta provocada por una lectura tediosa.
El libro, si se me permite decirlo, era “El Cadáver Pudiente” de J. Mabien y si bien las aventuras de su heroína no me habían resultado muy buena distracción, si habían actuado como poderoso somnífero.
Deseaba la noche en el cielo, cansado de esta media tarde que parecía no tener fin.
Recuerdo el sonido lánguido del agua estancada en la fuente de fuera
Recuerdo que vi un águila cruzar el cielo a lo lejos, y que, durante un instante, me sentí inundado por una angustia desconocida hasta ahora para mí.
Es la angustia del tedio, supongo, aquella que solo siente el desgraciado por tenerlo todo y querer más.
Pero, ¿qué quería yo?
Como dije antes, yo quería la noche.
Un deseo algo altruista, sin duda, no obstante me hacía sentir mejor tener la certeza absoluta de que ese deseo sí se haría realidad.


En el salón se estaba muy bien, pero bastaba un rápido vistazo a la ventana para saber que fuera hacía frío.
Mientras trataba de calcular mentalmente la temperatura exacta del jardín (un pequeño juego que me divierte hacer antes de mirar el termómetro), escuché la puerta del salón crujir con fuerza.
Me asusté, aunque sabía que no había razón para ello, era Ella.
Ella venía con un velo amarillento, que cubría sus cabellos.
Recuerdo que se deshizo de él, y que caminó hacia mí lentamente. Digo caminar, no obstante, yo sabía que sus pies no tocaban el suelo.
Cuando la tuve delante, me dio la sensación de que su cuerpo inundaba toda la habitación, como un mar embravecido.
Ah, parecía tan decidida, casi me supo mal.
Vi sus ojos, con una connotación venenosa, enroscarse en la daga que sostenían sus manos.
La daga, de plata muy pura, brillaba pálidamente en la forma de una intención tan cortante como su filo.
La daga, que ella clavó en mi vientre sin dudarlo.
Ah, ella estaba tan segura de lo que hacía ¿quién era yo para tratar de pararla? ¿quién era yo para pedir clemencia?
No, la clemencia ya de nada servía.
Tome aquella plata como la luz de un Dios lejano, cuando penetró mis músculos y desgarró mis órganos.
Esa brecha, pequeña, fina, como una línea de lápiz fue suficiente para hacerme sangrar, como lo haría un cerdo. Pero ella, llevada sin freno por la pasión del crimen fresco en sus manos, deseó retorcer la daga de plata en mi cuerpo, hasta que caí al suelo.
Ella siempre había deseado hacerlo.
En algún rincón oscuro de su corazón (esos rincones que nadie de su rango explora por miedo a la sorpresa) ella se había deleitado en numerosas ocasiones con la idea de usar en mi contra aquella daga, fina y delicada, pero a la vez tan voraz y peligrosa como una serpiente.
Ah, su cuerpo robusto inundaba la habitación, igual que mi cuerpo engarzaba la alfombra de rubíes prohibidos.
Recuerdo que cogió una copa de vino de la mesita de al lado, recuerdo que retorció el corte un poco más, deseosa de escucharme gemir una penosa disculpa, recuerdo que llenó su copa con mi sangre y que antes de que perdiese el conocimiento, me dijo aquello de “lacrimas marmora manant” .
Todavía no me ha abandonado la visión de su cuerpo, arrojado sobre el sofá, relamiendo aquella copa como si fuese ambrosía.
Veneno quise que fuera.
Después de darme una muerte tan dulce, no merece el placer de una sangre corrupta.
Recuerdo que escuché un águila a lo lejos cuando cerré los ojos.
Ah, mil veces bendita ella que me concedió mi deseo.
Pues ahora me embarcaba en una noche de mil años
Aunque fuera, la tarde ya estaba avanzada, al otro lado de la ventana.


FIN.






Notas
Lacrimas marmora manant: expresión latina, literalmente “lágrimas llora el mármol”.
 

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