Aquel ser de diáfana galantería tenía la luna macilenta escondida en su pecho.Dos soles relucían de sus abismales cuencas orbitales.Y sus cabellos eran de un polvo facineroso.Cuando cayó el crepúsculo sobre sus robustos hombros de Atlas consumido,soltó de su boca un alarido de trueno tremolar.Y ante eso,los chiquillos que hacían novillos junto al lago de nácar se estremecieron de sacro temor.Ahora contemplaban en toda su majestuosa radiación nocturna a un monstruo de preñado pecho por la centella calenturienta de las moribundas estrellas.Él se enorgullecía de su vil estado;mas los niños apartaban la mirada para no quedar cegados y así perder la impúber inocencia.Fue entonces cuando se abrió el negro cielo y una ráfaga de aire frío se llevó el alma del atlante,hacia las alturas perniciosas de un agujero negro,desde el cual mil lamentos se apagaron por siempre jamás.Para no seguir molestando la potestad silenciosa que ya inclinaba hacia la bondadosa aurora.