El odio.
Como una espesa niebla nocturna, el odio recorre vorazmente los barrios de las clases medias urbanas tradicionales de Bolivia. Sus ojos rebalsan de ira. No gritan, escupen; no reclaman, imponen.
El odio que corre por mi calle
despreciando los rizos de la Nubia
tiene la sangre azul, la nariz rubia,
en mano una navaja por detalle.
Con la mente ofuscada, viaja en moto
golpea a las mujeres de pollera
se le escucha gritar, ¡wiphala fuera!
amenazar con fuego y terremoto.
Es odio visceral que no perdona
la igualdad lograda, y que se encona
al ver al cholo feliz en su empeño,
le duele que llegue a los salones
exponga sin miedo sus razones
y que viva en El Alto sin dueño.
Como una espesa niebla nocturna, el odio recorre vorazmente los barrios de las clases medias urbanas tradicionales de Bolivia. Sus ojos rebalsan de ira. No gritan, escupen; no reclaman, imponen.
El odio que corre por mi calle
despreciando los rizos de la Nubia
tiene la sangre azul, la nariz rubia,
en mano una navaja por detalle.
Con la mente ofuscada, viaja en moto
golpea a las mujeres de pollera
se le escucha gritar, ¡wiphala fuera!
amenazar con fuego y terremoto.
Es odio visceral que no perdona
la igualdad lograda, y que se encona
al ver al cholo feliz en su empeño,
le duele que llegue a los salones
exponga sin miedo sus razones
y que viva en El Alto sin dueño.