El oficio más antiguo

jabbier

Poeta recién llegado
Se borran las huellas,
no la historia del camino.
Héctor Varela​



Para Susana y Héctor

Envidio al relojero que ve pasar el tiempo
impunemente
y toma de mi tiempo
y lo acomoda, lo retuerce,
le da vuelta, lo trastoca,
le da cuerda, con pilas lo alimenta,
si quiere lo detiene doblándole las manos
y lo mete en vitrinas
en donde sólo él puede alcanzarlo.

Al zapatero envidio
porque sin levantarse de su banco,
sin desgastar sus pies,
sin morir de nostalgia,
puede andar por los polvos de todos los caminos y deshace
impunemente
las huellas en sus manos.

Envidio a los poetas,
que son pequeños dioses, según dice Huidobro,
y pueden enjuagar sus amarguras
entre los manantiales de los versos,
y enterrar sus dolores a golpe de sonetos
impunemente
entre las rimas.

A quien vende desamores y amoríos
en páginas brillantes que
impunemente
exhibe en el kiosco de la esquina
sin que su corazón se sienta colapsado,
también le tengo envidia,
igual que a los marinos de la red
que guardan un amor en cada cuenta.

Porque yo estoy aquí, sin tiempo ya
para andar dilapidando,
sin huellas que seguir y sin poder borrar
las que he dejado en el camino;
anclado en esta historia sin rastro y sin futuro,
consumiéndome,
vendiéndome
inútilmente
siempre
en este viejo y vano oficio de quererla…
 
Se borran las huellas,
no la historia del camino.
Héctor Varela​



Para Susana y Héctor

Envidio al relojero que ve pasar el tiempo
impunemente
y toma de mi tiempo
y lo acomoda, lo retuerce,
le da vuelta, lo trastoca,
le da cuerda, con pilas lo alimenta,
si quiere lo detiene doblándole las manos
y lo mete en vitrinas
en donde sólo él puede alcanzarlo.

Al zapatero envidio
porque sin levantarse de su banco,
sin desgastar sus pies,
sin morir de nostalgia,
puede andar por los polvos de todos los caminos y deshace
impunemente
las huellas en sus manos.

Envidio a los poetas,
que son pequeños dioses, según dice Huidobro,
y pueden enjuagar sus amarguras
entre los manantiales de los versos,
y enterrar sus dolores a golpe de sonetos
impunemente
entre las rimas.

A quien vende desamores y amoríos
en páginas brillantes que
impunemente
exhibe en el kiosco de la esquina
sin que su corazón se sienta colapsado,
también le tengo envidia,
igual que a los marinos de la red
que guardan un amor en cada cuenta.

Porque yo estoy aquí, sin tiempo ya
para andar dilapidando,
sin huellas que seguir y sin poder borrar
las que he dejado en el camino;
anclado en esta historia sin rastro y sin futuro,
consumiéndome,
vendiéndome
inútilmente
siempre
en este viejo y vano oficio de quererla…

MI hermano que te magistral poema
con un final absorbente
te aplaudo amigo por
el talento que utilizas para escribir
un honor hermano :):)

nos leemos
 
Un elegante poema, elaborado con una sensibilidad absoluta.
me ha gustado mucho
Un afectuoso abrazo
joan
 

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