danie
solo un pensamiento...
Hay un abrojo clavado en mi memoria,
una espina que estigmatiza hasta mi sombra,
un revuelto vacío que demuele los muros del tiempo
y el reloj se detiene en un instante eterno.
¿Cuál es el dolor más terrible para el alma?,
me pregunto y pienso,
será el segundo que nunca se olvida,
ese pobre intervalo es el tutor de mi tormento,
desnuda mi sangre y embiste con sus enormes alas
la fatiga de este abandonado cuerpo.
Sin ojos para ver la ternura desvanecida
y con lágrimas para perpetuar la zozobra de antaño,
para escarbar en las catacumbas
de los preciosos e infantes deseos,
de las risas impúberes
y sus danzas incansables de juegos.
Una plaza con sus toboganes y hamacas desoladas
forman un paisaje tenebroso en mi mente,
una pintura nítida con su pálido luto
que se encastra en los marcos de mi frente
y el dolor engulle mi corazón ya sin temple.
Es que solo me queda ofrecerles rosas a los muertos,
a mis pequeños muertos,
ponderarlos en un altar de gloria divina,
el insípido consuelo de sus inmaculadas
presencias en los celajes del cielo
y rezar porque me vengan a buscar de mi frío lecho.
¿Cuándo?
Cuando Dios se apiade de la costra de mis huesos
y crea que es el momento de tomar sus manos pequeñas
para apoyarlas nuevamente en mi pecho,
tal vez ahí, mi corazón comience a latir de nuevo.
Es que solo ellos tienen el poder de los Ángeles de la Guarda
para este, su frustrado guardián
que no pudo protegerlos después que nacieron.
una espina que estigmatiza hasta mi sombra,
un revuelto vacío que demuele los muros del tiempo
y el reloj se detiene en un instante eterno.
¿Cuál es el dolor más terrible para el alma?,
me pregunto y pienso,
será el segundo que nunca se olvida,
ese pobre intervalo es el tutor de mi tormento,
desnuda mi sangre y embiste con sus enormes alas
la fatiga de este abandonado cuerpo.
Sin ojos para ver la ternura desvanecida
y con lágrimas para perpetuar la zozobra de antaño,
para escarbar en las catacumbas
de los preciosos e infantes deseos,
de las risas impúberes
y sus danzas incansables de juegos.
Una plaza con sus toboganes y hamacas desoladas
forman un paisaje tenebroso en mi mente,
una pintura nítida con su pálido luto
que se encastra en los marcos de mi frente
y el dolor engulle mi corazón ya sin temple.
Es que solo me queda ofrecerles rosas a los muertos,
a mis pequeños muertos,
ponderarlos en un altar de gloria divina,
el insípido consuelo de sus inmaculadas
presencias en los celajes del cielo
y rezar porque me vengan a buscar de mi frío lecho.
¿Cuándo?
Cuando Dios se apiade de la costra de mis huesos
y crea que es el momento de tomar sus manos pequeñas
para apoyarlas nuevamente en mi pecho,
tal vez ahí, mi corazón comience a latir de nuevo.
Es que solo ellos tienen el poder de los Ángeles de la Guarda
para este, su frustrado guardián
que no pudo protegerlos después que nacieron.