El pequeÑo nicolÁs

La hora de los gatos

Poeta recién llegado
Hace algún tiempo escribí un cuento sobre un hombre pequeño.
Era de cartón y de pintura.
Actor,
delgado.
Bello.
De sus brazos y piernas nacían unos finos y poderosos hilos
que, rotundos, le dictaban los pasos.

Un títere que no sonreía.
¡No podía! Su boca era una línea roja,
la huella vieja de un pincel.

Ciego era el azul de sus ojos,
ajados y muertos.
Y en sus manos, jamás hubo tacto.
Porque así son los hombres pequeños de cartón.

Hasta que un día, apareció un ángel.
Que no lo parecía, por raro. Por terco.
Y le invitó a viajar durante un tiempo.

En su primera parada visitó un bosque,
en el que existían todos los colores que la imaginación cubre.
Era tal la belleza que su ojos azules se estremecieron y,
sin darse cuenta,
se volvieron reales.

Al día siguiente, unas nubes le trajeron otra sorpresa.
Le envolvieron nerviosas, y el hombre con hilos no supo
qué hacer.
Pero lo hizo.
Sus manos, por vez primera, acariciaron.
Sintieron, rozaron.
Hasta convertirse en carne.

En otra ocasión, el ángel le llevó hasta un precipicio
y sin mediar palabra
le lanzó de un soplo al vacío.

Y el hombre pequeño cayó y cayó
durante años.
Desnudo y solo.
Hasta que, por fin, alcanzó el suelo,
y pronto se percató de que ningún cordel invisible
le amarraba ya las decisiones.

Finalmente, la aventura inesperada le llevó hasta el mar.
Y ante tal inmensidad, el hombre pequeño lloró.
Y las lágrimas se distrajeron por todo su cuerpo falso
dejando al paso una piel humana. Viva.
Y en el centro, un cosquilleo nuevo.
Le nació un latido.
Por fin, él.

Ángela Lófer
Ático, 17 de junio de 2010.
lahoradelosgatos . es
 
Hace algún tiempo escribí un cuento sobre un hombre pequeño.
Era de cartón y de pintura.
Actor,
delgado.
Bello.
De sus brazos y piernas nacían unos finos y poderosos hilos
que, rotundos, le dictaban los pasos.

Un títere que no sonreía.
¡No podía! Su boca era una línea roja,
la huella vieja de un pincel.

Ciego era el azul de sus ojos,
ajados y muertos.
Y en sus manos, jamás hubo tacto.
Porque así son los hombres pequeños de cartón.

Hasta que un día, apareció un ángel.
Que no lo parecía, por raro. Por terco.
Y le invitó a viajar durante un tiempo.

En su primera parada visitó un bosque,
en el que existían todos los colores que la imaginación cubre.
Era tal la belleza que su ojos azules se estremecieron y,
sin darse cuenta,
se volvieron reales.

Al día siguiente, unas nubes le trajeron otra sorpresa.
Le envolvieron nerviosas, y el hombre con hilos no supo
qué hacer.
Pero lo hizo.
Sus manos, por vez primera, acariciaron.
Sintieron, rozaron.
Hasta convertirse en carne.

En otra ocasión, el ángel le llevó hasta un precipicio
y sin mediar palabra
le lanzó de un soplo al vacío.

Y el hombre pequeño cayó y cayó
durante años.
Desnudo y solo.
Hasta que, por fin, alcanzó el suelo,
y pronto se percató de que ningún cordel invisible
le amarraba ya las decisiones.

Finalmente, la aventura inesperada le llevó hasta el mar.
Y ante tal inmensidad, el hombre pequeño lloró.
Y las lágrimas se distrajeron por todo su cuerpo falso
dejando al paso una piel humana. Viva.
Y en el centro, un cosquilleo nuevo.
Le nació un latido.
Por fin, él.

Ángela Lófer
Ático, 17 de junio de 2010.
lahoradelosgatos . es
Historia narrada en esos espacios de agasajos. bella escenografia
en una memoria de sueño contado. vivir en ella es amanecer.
saludos amables de luzyabsenta
 

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