dragon_ecu
Esporádico permanente
El placer de matar.
Avanzas silbando mientras con una mano firme arrancas el retoño brote de lo que era su brazo de protección y sustento.
Y no escuchas más que reguetón en los audífonos y mezclas silbos y tarareos, mientras caminas hacia la casa.
En la mesa dos nonatos reposan, esperando el proceso de ser estrellados contra un borde para romperlos y vaciar su contenido.
Sobre la dura piedra un motor se prueba, a ver si las cuchillas giran.
A su lado cuerpos rojos entran en bandejas sanitizadas al horno caliente lo necesario para extraer la humedad que se pudiera encontrar en su interior.
Transcurren ocho, nueve, diez canciones contoneando salvajemente hombros y cadera, al son de la música que trepana el cerebro.
Al cabo se sacan del horno, ya semisecos y encogidos los cuerpos ahora de rojo plomizo, apagado, se lanzan con dejo de indiferencia, mientras el penetrante ruido del motor hace mención al proceso de triturar...
Los restos van a dar a un recipiente con fuego y algo de aceite, deslizando pesadamente la mezcla de rojo cenizo... todos y cada uno llegan para ser paleados con firmeza sobre las llamas.
Al rato son llamados los herederos, para que se sirvan ese festín chorreante... y claro, asoma una voz de reclamo.
—¡Mamá! ¿sopa de tomate de nuevo?
...
No es lo que digas... sino como lo digas...
Algo inocente puede parecer tétrico... y una barbaridad pasa como simpleza.
Avanzas silbando mientras con una mano firme arrancas el retoño brote de lo que era su brazo de protección y sustento.
Y no escuchas más que reguetón en los audífonos y mezclas silbos y tarareos, mientras caminas hacia la casa.
En la mesa dos nonatos reposan, esperando el proceso de ser estrellados contra un borde para romperlos y vaciar su contenido.
Sobre la dura piedra un motor se prueba, a ver si las cuchillas giran.
A su lado cuerpos rojos entran en bandejas sanitizadas al horno caliente lo necesario para extraer la humedad que se pudiera encontrar en su interior.
Transcurren ocho, nueve, diez canciones contoneando salvajemente hombros y cadera, al son de la música que trepana el cerebro.
Al cabo se sacan del horno, ya semisecos y encogidos los cuerpos ahora de rojo plomizo, apagado, se lanzan con dejo de indiferencia, mientras el penetrante ruido del motor hace mención al proceso de triturar...
Los restos van a dar a un recipiente con fuego y algo de aceite, deslizando pesadamente la mezcla de rojo cenizo... todos y cada uno llegan para ser paleados con firmeza sobre las llamas.
Al rato son llamados los herederos, para que se sirvan ese festín chorreante... y claro, asoma una voz de reclamo.
—¡Mamá! ¿sopa de tomate de nuevo?
...
No es lo que digas... sino como lo digas...
Algo inocente puede parecer tétrico... y una barbaridad pasa como simpleza.
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