manuelo
Poeta fiel al portal
La primavera.
A menudo empieza lenta, pusilánime, casi gimoteando, derramando tímidamente desde un cielo todavía gris una distinta y fina lluvia que saluda y acaricia los campos, mientras el invierno hace tranquilamente su equipaje; y lo despide con dulzura, con la delicada candidez de una niña cuya inocente y poderosa sonrisa borra, sin que nos demos cuenta, todos los pesares; tal vez por eso el poeta dijo “la primavera ha venido y nadie sabe como ha sido”.
El caso es que nada más llegar ya va dejando sobre los pétalos de las flores una fantasía multicolor y va inundando los pulmones de los campesinos con su lírica. Va haciendo que la tierra mojada huela a tierna infancia, a aro, tejo, balón, lima, a muchos juegos al aire libre; a lirios en la era donde guardan su cosecha las hormigas, a ilusiones, a sueños en forma de espigas de trigo, de maiz, de cebada, de centeno, y de otros generosos cereales que bailan casi sin descanso junto a los cañaverales de azucar, bajo el dosel de nubes blancas de una arboleda de troncos invisibles, al ritmo de un viento que te obliga a mirar al cielo para mostrarte orgulloso su hermoso halo de luz mágica y eterna.
A menudo empieza lenta, pusilánime, casi gimoteando, derramando tímidamente desde un cielo todavía gris una distinta y fina lluvia que saluda y acaricia los campos, mientras el invierno hace tranquilamente su equipaje; y lo despide con dulzura, con la delicada candidez de una niña cuya inocente y poderosa sonrisa borra, sin que nos demos cuenta, todos los pesares; tal vez por eso el poeta dijo “la primavera ha venido y nadie sabe como ha sido”.
El caso es que nada más llegar ya va dejando sobre los pétalos de las flores una fantasía multicolor y va inundando los pulmones de los campesinos con su lírica. Va haciendo que la tierra mojada huela a tierna infancia, a aro, tejo, balón, lima, a muchos juegos al aire libre; a lirios en la era donde guardan su cosecha las hormigas, a ilusiones, a sueños en forma de espigas de trigo, de maiz, de cebada, de centeno, y de otros generosos cereales que bailan casi sin descanso junto a los cañaverales de azucar, bajo el dosel de nubes blancas de una arboleda de troncos invisibles, al ritmo de un viento que te obliga a mirar al cielo para mostrarte orgulloso su hermoso halo de luz mágica y eterna.
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