Azotado por ásperos vergajos, aquel joven impostor ululaba de dolor. Atado al tronco de un roble que solemnizaba la ceremonia. Era ya noche y los verdugos, con teas de ardiente llamarada gris, se alternaban en la tarea de proporcionarle dolor gratuito. Entonces, el príncipe, que estaba en las alturas de un montículo de piedras graníticas soltó la palabra ¡basta!. Se acercó al truhán medio muerto y, sacando una daga, le cortó un mechón de pelo para a continuación guardarlo en el chal de terciopelo. Fue montado en un bravío corcel negro hacia su castillo fantasmagórico y una vez allí bajó a los subterráneos. Ahí le esperaba una bruja sin dientes que al recibir del noble la señal peluda del moribundo dijo entrecortada que quien había sido castigado fehaciente era su hermano de casta cuna.