Edel Vicente
Poeta recién llegado
Yo tengo en mi corazón un soberano
Único, a quién venera el alma mía;
Ante su majestad, yo pobre enano.
El amor era su código y la virtud su guía.
En largos años de misericordia y celo
Lleno de sólida y viril constancia,
Cuidó la fe con que me habló del cielo
En los primeros años de mi inquieta infancia.
Larga enfermedad y sutil pobreza,
En su pecho abrieron incurable herida,
Nunca cambió el rumbo, con la certeza;
De que más allá de la muerte, está la vida.
Secó su llanto, callaron sus dolores,
Y siempre mantuvo sus ojos fijos,
En barrer las piedras, sembrar valores
Sobre el camino que marcó a sus hijos.
Mi padre tenía en su mirar sereno
Rutilantes destellos de un alma honrada.
¡Cuánto parecer de ternura pleno,
Admiré en el esplendor de su mirada!
Desde muy pequeño veneré su cariño,
Por eso es que hoy al honrar su nombre,
Honro al amor que me inspiró de niño
A ser muy fuerte al llegar a hombre.
Todo lo evoco, Padre mío, tus quejidos,
Tus palabras postreras, la voz triste,
Tus últimos consejos, a mí, ceñidos
Desde la lúgubre tarde en que te fuiste.
Lanzo al universo este himno discreto,
Estés donde estés, tu alma lo perciba;
Versos de amor, devoción, respeto,
Nutren tu presencia, en mí, siempre viva.