Arre-ola
Poeta recién llegado
[FONT="]EL REINO DE LAS PIEDRAS.
[FONT="](¿Por qué lloran las estatuas
?)[FONT="]
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[FONT="] ¡Ay, hombres, en la piedra dormita para mí
[FONT="] una imagen, la imagen de mis imágenes!
[FONT="] ¡Ay, que ella tenga que dormir en la piedra más
[FONT="] una imagen, la imagen de mis imágenes!
[FONT="] ¡Ay, que ella tenga que dormir en la piedra más
[FONT="] dura, más fea!
[FONT="] (F. Nietzsche).
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[FONT="] En el reino de las piedras la blandura es un pecado imperdonable Poco dadas a las correrías del pensamiento y a las disquisiciones laberínticas, las estatuas ven pasar los siglos acumulando polvo y cuarteaduras; atragantadas de silencio y estoicismo presumen en secreto, con un gesto heroico de eterna mansedumbre, su mayor victoria: refutar la diligente y aniquiladora eficacia del tiempo. Inmersas en la rigidez de sus nostalgias, mastican afanosamente restos de antiguas glorias y grandiosidades de épocas pasadas; sobreviven perfeccionándose en el arte hermético de la inmovilidad, reproduciendo fielmente (aun mutiladas o en ruinas) la ortodoxia de idealismos más o menos delicados; reivindicando acaso el eterno retorno nietzscheano, monologando sobre la diferencia esencial entre lo bello y lo sublime, diseccionando escrupulosamente la teoría del súper hombre y predicando con el ejemplo, al mundo entero, la máxima verdad, el imperativo mayor que no admite concesiones del espíritu: ¡ENDURECEOS! ¿Vana sentencia? ¿Otra mascara en el rostro incognoscible de la verdad? ¿Quien puede decirlo? Sin embargo, ellas viajan incansables de un milenio a otro (ajenas e indiferentes al asombro genuino y a la apatía genuina de terceros), con la mirada fija en lo eviterno, mirada que de cuando en cuando, se ve empañada por una que otra lagrima furtiva y traicionera.