pablo7972
Poeta que considera el portal su segunda casa
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Ella no miraba, en realidad, ese ocaso que era parte del atrezzo en la foto de cualquier turista imaginario y del encuadre de mis pupilas. Durante largo tiempo, lo único que fui capaz de observar fue la filigrana de su inmóvil apostura; su cintura y su torso, sus desmadejados cabellos como si, de aquellas dunas, al menos una se hubiera desarraigado de la costa de oro y hecho posesión íntegra de la melena rubia de la ondina.
Soñé su vida, embriagado por el aroma del salitre y las tardías horas. Su diario, en el bolsillo, y las palabras desleídas por la condensación de la humedad marina en aquellas tardes frente a un sol que se imponía con su hipnotismo.
Soñé con ensueños que se enlazan los unos a los otros y van conformando serpientes eternas, cual hilos de tinta que se tornan perennes sobre el papiro. La piel humectada de dos ofidios en continua presa y ofrecida para ser sobreescrita por la uña de un dedo en seco. Y mientras los colmillos del áspid dentellasen contra el cascabel de la sierpe, la melodía de su percusión acompañaría el recíproco envite, como si de unas castañuelas de hueso se tratara, azuzando el oído y el gusto, el tacto e incluso la vista de quien se sentara a contemplar tal espectáculo. Anublando la razón de quien fuese testigo.
Soñé con un viento titiritero cuyos ademanes eran malabarismos en la tarde, jugándose su suerte contra el azar y la mordedura de esos ofidios; también funambulista que sostuviera el paso recto por sobre las quebradas traviesas del puente oval ofrecido por sus húmedos cuerpos. Arabescos vivos y supurados por el basalto de una losa sobre la cual la danza se promete eterna.
El reloj de sol en la arena. Lo distingo.
Regreso con el pensamiento a la tarde moribunda. A los mundos desmadejados de aquella oradora en la arrogante costa muda, a sus cabellos bañados por el tizne del crepúsculo, y ya recién sosegado el incendio que sucede en el atardecer por las últimas olas del vals del día.
Su mano imaginaria, en mi mano; su pulso, contra el mío, acelerado y unido. Los ríos de sangre, parejos; cada uno por su cauce distinto. Arena adentro; en un vahído de la consciencia, me adentro.
El reloj de sol en la arena. Lo distingo. Sumando todavía prisioneros los segundos todos a su curvo cerco. Y el mástil de aquella manufactura, como un dedo índice que señalara a los cielos... una pinza de su pelo, aprecio. Lustrosa, nacarada. Bruñida por la espera y la caricia de las horas.
Observo cómo las sibilantes areniscas endulzan sus contornos. La ponzoña del silencio y una música arcaica elevan las almas del suelo hasta un profundo éter donde la indulgencia de las ideas se ve arrobada, como la lógica y el penoso avance en el pensamiento de la inteligencia ven imposibilitadas sus piernas.
Me observo en el infinito pasillo que enlaza tus ojos con los míos.
Y el reloj de sol, ahora sin péndulo. Apostado en el bajorrelieve de una duna placentera, solo enfrenta la impasible nitidez del roto del anochecer. Perdido en las horas que lo han vencido.
El sol, caído en la arena, en el mismo centro del reloj; mientras su única aguja lo busca todavía, desconocedor, en el cielo. Y el tiempo, dentro; retenido, detenido, prisionero.
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