El relámpago sacude las húmedas copas de los pinos, mientras un enfermo mental se cala hasta los huesos del aguacero que cae cruel sobre el enigmático bosque. Los dioses de la nocturnidad se han resguardado en la frente ancha de su nido divino; y parece que a aquel ser efímero nadie lo va a salvar del terrible resfriado que lo ponga en los límites de la vil mortandad. Sin embargo, el espejo acuoso del maldito cielo remite y un sol de júbilo se encarama en lo alto del dolmen galáctico. Entonces, nuestro joven retrasado gime de gusto. Ya acorralado el sentimiento de espanto en la cloaca inmunda de las tinieblas densas de un corazón que aún no sabe lo que es amar.