poetakabik
Poeta veterano en el portal
Se encontraron en un día sin nombre,
cuando la brisa apenas acariciaba las hojas
y el mundo parecía callar para escucharlos.
Él venía con los ojos cansados de caminos,
ella llevaba en la voz la música de un amanecer.
Se miraron.
Y en ese instante el tiempo se detuvo,
como si todo lo creado hubiera esperado
ese roce de miradas,
ese temblor secreto en la piel.
Los días los fueron uniendo.
A veces, como ríos en calma
que se deslizan sin ruido,
él la tomaba de la mano
y sentía que nada más importaba
que el latido suave de sus dedos entrelazados.
Otras veces,
como mares embravecidos,
se buscaban con ansias,
y sus labios ardían como hogueras
que no pedían permiso al silencio.
El amor crecía así:
entre la caricia delicada
y la tormenta de un abrazo urgente.
Había noches en que ella le hablaba bajito,
palabras que parecían pájaros de luz,
y él cerraba los ojos
para guardar cada sílaba en su pecho.
Había también noches en que el deseo rugía,
y sus cuerpos eran la única verdad,
un grito callado que los arrastraba al mismo abismo.
Pasaron lunas, inviernos, primaveras.
Y nunca se cansaron de encontrarse,
porque cada encuentro
era distinto,
era nuevo,
era el río que no deja de correr.
Ahora,
cuando caminan juntos bajo el atardecer,
él piensa que ese instante primero
fue el comienzo de todo,
y que nada—ni el tiempo ni el destino—
podrá arrancarle el milagro
de haberla amado en tantas formas:
en la ternura que acaricia,
en la pasión que desborda,
en la calma y en la tormenta,
en el río eterno de los dos.
cuando la brisa apenas acariciaba las hojas
y el mundo parecía callar para escucharlos.
Él venía con los ojos cansados de caminos,
ella llevaba en la voz la música de un amanecer.
Se miraron.
Y en ese instante el tiempo se detuvo,
como si todo lo creado hubiera esperado
ese roce de miradas,
ese temblor secreto en la piel.
Los días los fueron uniendo.
A veces, como ríos en calma
que se deslizan sin ruido,
él la tomaba de la mano
y sentía que nada más importaba
que el latido suave de sus dedos entrelazados.
Otras veces,
como mares embravecidos,
se buscaban con ansias,
y sus labios ardían como hogueras
que no pedían permiso al silencio.
El amor crecía así:
entre la caricia delicada
y la tormenta de un abrazo urgente.
Había noches en que ella le hablaba bajito,
palabras que parecían pájaros de luz,
y él cerraba los ojos
para guardar cada sílaba en su pecho.
Había también noches en que el deseo rugía,
y sus cuerpos eran la única verdad,
un grito callado que los arrastraba al mismo abismo.
Pasaron lunas, inviernos, primaveras.
Y nunca se cansaron de encontrarse,
porque cada encuentro
era distinto,
era nuevo,
era el río que no deja de correr.
Ahora,
cuando caminan juntos bajo el atardecer,
él piensa que ese instante primero
fue el comienzo de todo,
y que nada—ni el tiempo ni el destino—
podrá arrancarle el milagro
de haberla amado en tantas formas:
en la ternura que acaricia,
en la pasión que desborda,
en la calma y en la tormenta,
en el río eterno de los dos.