Con aquella negra indumentaria aquel ser grotesco parecía salido de las mazmorras heridas de la Muerte. Sus pupilas de negro infinito hipnotizaban a los niños inocentes para que se despeñasen en el vil barranco de los suicidas. Y las madres, presas de pánico, lo denunciaban constantemente a la policía. Ésta logró seguir la pista hasta una negra alcoba iluminada por sombras espectrales de encantamiento mortecino. Cuando ya había abierto la mano legal de la Ley la podrida puerta de pomo oxidado lo vio a él, sí, a aquel ser grotesco manipulando en trance a un infante para que se arrojase a las llamas crueles de la chimenea. Pero un grito ahogado por parte de hombres con cerebro sano logró diluir el encantamiento. El chico despertó de su letargo y el ser grotesco se transmutó en un gnomo de harapienta mirada, escapando entre las piernas de los detentadores del orden. Rodando por las escaleras de aquel edificio maldito hasta caer desnucado en el portal de chirriante risa malévola y eterna.