En una sinagoga con olor a incienso y mirra, un judío de facciones flácidas posa sobre el altar mayor cubierto por un manto de oro fino una bolsa a rebosar de monedas de plata. El sacerdote, que de espaldas a él estaba en ese momento, mientras susurraba letanías a su dios justo y severo, escucha las pisadas del donante. Entonces se da la vuelta y para su horror no ve un hombre sino un simio haciendo gestos obscenos, mientras que de su boca con dientes de pura fortaleza va hincando en las velas que estaban selladas e iluminadas para la llegada de la comitiva del sumo pontífice. El sacerdote, encendido en roja ira, coge un puñal y presto va cuerpo a cuerpo para quitar la vida a tal blasfemo ser. Pero cuando ya va a hincar el lúgubre objeto se transmuta el simio en viento ulular de funesta y soberbia risa.