Con alevosía, aquel vil pendejo a rebosar de negra melancolía había matado a su padre. Lo había ahogado con la almohada empapada en sudor. Mientras su progenitor había dejado de roncar para despertar en una especie de fatal falta de aire que hinchara sus cancerígenos pulmones. Una vez dejó de respirar, nuestro patricida lo envolvió con las sábanas de seda que cubrían el arrugado cuerpo de quien le había dado la perniciosa vida. Lo cargó a sus espaldas y se lo llevó en la menguada madrugada de una noche de otoño al sótano de las abominaciones. Allí le esperaba su pendenciera abuela materna. La cual soltó una carcajada al ver a su nieto cargando el fardo de su odioso yerno. Ambos se guiñaron el ojo siniestro en señal de complicidad. Y, el nieto, todo henchido de orgullo, lo depositó en el frío pavimento para a continuación orinar sobre aquel. Mientras la desdentada bruja reía bravucona en un eco estentóreo que percutía el malsano habitáculo a rebosar de arácnidas telas.