Évano
Libre, sin dioses.
Volar en paralelo a los árboles de los acantilados del mar, en noches y lunas nítidas, es algo inenarrable; acariciar las ramas de los pinos, mientras sobrevuelas a otra cala, viendo infinitas estrellas titilando en el horizonte al que te enfrentas, y al que deseas arribar, con su mar de azul ensombrecido oleando en toda lontananza, es una experiencia que solamente el sueño claro y profundo te otorga; no hay construcción ni instrumento humano comparable.
Y era yo el que volaba, aferrado a una almohada grande, alargada y blanca. Seguramente el sueño lo propiciaba el estar en el borde de la cama, aferrado fuertemente a la almohada, para no caerme al suelo. Quizás la culpa sea del lecho inclinado hacia el centro de la habitación; ondulación que las tablas centenarias del piso de arriba de la casa de piedra forma, a su pesar. Les puse dos libros debajo de cada una de las patas de la cama, las causantes del desnivel. Uno es "El espía perfecto", de John Le Carré; el otro "Dejemos hablar al viento", de Juan Carlos Onetti. No me acuerdo de lo que tratan, ni siquiera si los he leído, hace tanto tiempo que los coloqué en tal lugar que se me ha olvidado. Un día de estos los volveré a leer. "Un día de estos...", suelo decirme con demasiada frecuencia esas palabras, aún sabiendo que seguramente no lo haré. Aunque cambiaré esos libros por otros, por si acaso ellos tengan algo que ver con lo que sueño por las noches.
Ayer cambié los libros, los elegí al azar; miré hacia el techo y, a manos ciegas, de las cajas que tengo repartidas por armarios y por debajo de las camas, extraje dos. Las cajas son de plástico verde con agujeritos, me las regala la frutería del mercadillo de los miércoles, donde normalmente compro naranjas, melocotones de viña, melón, cebollas, tomates, lechugas y alguna que otra verdura más. De la parte de la cabecera sustituí a Le Carré por Vicente Aleixandre, por su poemario " La destrucción o el amor"; este sí que sé que lo leí, pero soy incapaz de recordar un sólo poema, ni cuándo lo tuve entre mis manos. De la parte de los pies de la cama quité a Onetti, y en su lugar puse "El silencio de Omaña", de Julio Iglesias, un poeta aficionado y millonario que se instaló en la aldea donde resido. Su lectura es rápida, son poesías cortas y sencillas que hablan de Omaña, una comarca de los Montes de León.
Esta noche soñé con otra cala, pero no volaba, sino que estaba de pie, sobre unas rocas, en una pequeña isla muy cercana a la costa. No podría decir si era de noche o de día. Iluminaba el espacio una luz amarillenta. El agua estaba en calma, a penas se izaban y bajaban las olas, de un azul tan claro que se divisaban las arenas blanquecinas del fondo. Me hubiera encantado lanzarme y bucear si hubiese sido la vida real sin duda me hubiese sumergido. De pronto asomó la aleta dorsal de un pez grande podría ser un tiburón, para luego emerger un cuerpo de cabeza roja, con la boca de delfín, pero en forma de unas extrañas tenazas aserradas. Desapareció en seguida. Subí al promontorio más alto de la pequeña isla y vi al extraño pez alejarse. Quise volar -como muchas veces hago en mis sueños, pero esa noche, por mucho que batiera mis brazos, no podía- y perseguirlo. Me conformé con volver a mirar las clarísimas aguas y el fondo, que aunque profundo, veíase perfectamente. Divisé los acantilados de pinos de la costa, sus siluetas claroscuras, el estrecho canal de mar que nos separaba. Tras un rato ensimismado, fui al otro lado de la pequeña isla desarbolada y deshabitada. Bajando un sendero de tierra zigzagueante, encallada entre rocas y a ras del mar, había una pequeña casa de humeante chimenea. Al salir el humo parpadeaba un instante en rojo, como una señal de faro, para luego seguir ascendiendo hacia un cielo de azul pálido y ensombrecido.
No me había disgustado la experiencia, pero sí sorprendido. Supuse que el libro de Omaña me llevaría a parajes de montaña y no de mares; y que un libro de poemas sobre la destrucción y el amor me habría adentrado en mundos de guerras, o de sexo, o eróticos; pero no ocurrió así, por lo que abrí de golpe el libro de Vicente Aleixandre. Ante mis ojos se mostraba "La cobra", una poesía del medio del poemario que no me aclaraba nada sobre el sueño que había tenido. Pasé las hojas rápidamente, en busca de no sé qué, y ya lo iba a arrojar a la caja de libros que guardaba en el armario, cuando vi que en la penúltima y antepenúltima de las páginas, las que dejan como espacio en blanco antes de la contraportada, había una poesía mía, muy antigua, que casi había olvidado.
Al leer los primeros versos se me erizó la piel, entrando en pánico. Aterrorizado leí la advertencia que a pie de página había escrito hacía muchísimo tiempo, tanto que quizás lo hiciese en otra vida. "Recordatorio: jamás tengas este libro debajo de tu lecho, porque acabará por engullirte, llevándote a su mundo, donde se destruye todo amor", había escrito yo mismo en otro tiempo. ¡Qué idiota era cuando era joven!, me exclamé, riéndome a carcajada limpia durante un buen rato. No pensaba volverlo a poner bajo el lecho, sino cambiarlo por otro, para ver si algún otro libro lograba llevarme a los mundos de las mujeres, del sexo, de la lujuria... Pero por cabezonería, por reírme de mí y por no doblegarme a mis "tonterías" de antaño, lo volví a dejar bajo el lecho.
Al acostarme esa noche, en ese estado de entremedias del estar despierto y dormido, pensé que hacía mucho, muchísimo tiempo que yo no sabía nada del amor, que ya ni me acordaba cuándo fue la última vez que el amor "tropezó" conmigo. Casi dormido me vinieron imágenes de antaño, colocando el libro de la "Destrucción o el amor" bajo la pata de la cama, la de la cabecera, como objeto nivelador de la horizontalidad del lecho. ¿Cómo diablos no me acordé?, me pregunté antes de dormirme y, en los principios del sueño, supe que jamás encontraría los mundos del amor.
Y era yo el que volaba, aferrado a una almohada grande, alargada y blanca. Seguramente el sueño lo propiciaba el estar en el borde de la cama, aferrado fuertemente a la almohada, para no caerme al suelo. Quizás la culpa sea del lecho inclinado hacia el centro de la habitación; ondulación que las tablas centenarias del piso de arriba de la casa de piedra forma, a su pesar. Les puse dos libros debajo de cada una de las patas de la cama, las causantes del desnivel. Uno es "El espía perfecto", de John Le Carré; el otro "Dejemos hablar al viento", de Juan Carlos Onetti. No me acuerdo de lo que tratan, ni siquiera si los he leído, hace tanto tiempo que los coloqué en tal lugar que se me ha olvidado. Un día de estos los volveré a leer. "Un día de estos...", suelo decirme con demasiada frecuencia esas palabras, aún sabiendo que seguramente no lo haré. Aunque cambiaré esos libros por otros, por si acaso ellos tengan algo que ver con lo que sueño por las noches.
Ayer cambié los libros, los elegí al azar; miré hacia el techo y, a manos ciegas, de las cajas que tengo repartidas por armarios y por debajo de las camas, extraje dos. Las cajas son de plástico verde con agujeritos, me las regala la frutería del mercadillo de los miércoles, donde normalmente compro naranjas, melocotones de viña, melón, cebollas, tomates, lechugas y alguna que otra verdura más. De la parte de la cabecera sustituí a Le Carré por Vicente Aleixandre, por su poemario " La destrucción o el amor"; este sí que sé que lo leí, pero soy incapaz de recordar un sólo poema, ni cuándo lo tuve entre mis manos. De la parte de los pies de la cama quité a Onetti, y en su lugar puse "El silencio de Omaña", de Julio Iglesias, un poeta aficionado y millonario que se instaló en la aldea donde resido. Su lectura es rápida, son poesías cortas y sencillas que hablan de Omaña, una comarca de los Montes de León.
Esta noche soñé con otra cala, pero no volaba, sino que estaba de pie, sobre unas rocas, en una pequeña isla muy cercana a la costa. No podría decir si era de noche o de día. Iluminaba el espacio una luz amarillenta. El agua estaba en calma, a penas se izaban y bajaban las olas, de un azul tan claro que se divisaban las arenas blanquecinas del fondo. Me hubiera encantado lanzarme y bucear si hubiese sido la vida real sin duda me hubiese sumergido. De pronto asomó la aleta dorsal de un pez grande podría ser un tiburón, para luego emerger un cuerpo de cabeza roja, con la boca de delfín, pero en forma de unas extrañas tenazas aserradas. Desapareció en seguida. Subí al promontorio más alto de la pequeña isla y vi al extraño pez alejarse. Quise volar -como muchas veces hago en mis sueños, pero esa noche, por mucho que batiera mis brazos, no podía- y perseguirlo. Me conformé con volver a mirar las clarísimas aguas y el fondo, que aunque profundo, veíase perfectamente. Divisé los acantilados de pinos de la costa, sus siluetas claroscuras, el estrecho canal de mar que nos separaba. Tras un rato ensimismado, fui al otro lado de la pequeña isla desarbolada y deshabitada. Bajando un sendero de tierra zigzagueante, encallada entre rocas y a ras del mar, había una pequeña casa de humeante chimenea. Al salir el humo parpadeaba un instante en rojo, como una señal de faro, para luego seguir ascendiendo hacia un cielo de azul pálido y ensombrecido.
No me había disgustado la experiencia, pero sí sorprendido. Supuse que el libro de Omaña me llevaría a parajes de montaña y no de mares; y que un libro de poemas sobre la destrucción y el amor me habría adentrado en mundos de guerras, o de sexo, o eróticos; pero no ocurrió así, por lo que abrí de golpe el libro de Vicente Aleixandre. Ante mis ojos se mostraba "La cobra", una poesía del medio del poemario que no me aclaraba nada sobre el sueño que había tenido. Pasé las hojas rápidamente, en busca de no sé qué, y ya lo iba a arrojar a la caja de libros que guardaba en el armario, cuando vi que en la penúltima y antepenúltima de las páginas, las que dejan como espacio en blanco antes de la contraportada, había una poesía mía, muy antigua, que casi había olvidado.
Al leer los primeros versos se me erizó la piel, entrando en pánico. Aterrorizado leí la advertencia que a pie de página había escrito hacía muchísimo tiempo, tanto que quizás lo hiciese en otra vida. "Recordatorio: jamás tengas este libro debajo de tu lecho, porque acabará por engullirte, llevándote a su mundo, donde se destruye todo amor", había escrito yo mismo en otro tiempo. ¡Qué idiota era cuando era joven!, me exclamé, riéndome a carcajada limpia durante un buen rato. No pensaba volverlo a poner bajo el lecho, sino cambiarlo por otro, para ver si algún otro libro lograba llevarme a los mundos de las mujeres, del sexo, de la lujuria... Pero por cabezonería, por reírme de mí y por no doblegarme a mis "tonterías" de antaño, lo volví a dejar bajo el lecho.
Al acostarme esa noche, en ese estado de entremedias del estar despierto y dormido, pensé que hacía mucho, muchísimo tiempo que yo no sabía nada del amor, que ya ni me acordaba cuándo fue la última vez que el amor "tropezó" conmigo. Casi dormido me vinieron imágenes de antaño, colocando el libro de la "Destrucción o el amor" bajo la pata de la cama, la de la cabecera, como objeto nivelador de la horizontalidad del lecho. ¿Cómo diablos no me acordé?, me pregunté antes de dormirme y, en los principios del sueño, supe que jamás encontraría los mundos del amor.
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