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El tepiche.

rasec anevar

Poeta recién llegado
Nosotros llegábamos temprano. Desayunábamos rápido. El punto de reunión era siempre el reloj en la Punta de Diamante.

Cada uno con su toalla, con el sol picando las nucas, desordenados por la calle pedregosa.

El trapiche nos recibía con un arco de madera y una pradera descuidada, cruzada con varios senderos que conocíamos de memoria.

Ahí la caminata se volvía silenciosa, con la ansiedad de niños en una aventura conocida.

Teníamos que llegar a orillas del río, donde un puente de troncos rompía el cauce.

Arrendábamos cámaras infladas y el vicio era dejarse llevar.

Veinte minutos navegando entre libélulas y tímidos alevines,

a la deriva con el ruido de aguas quietas.

A medio recorrido el río se abría y las corrientes nos obligaban al riesgo.

Algunos atacaban el oleaje flotando boca abajo; otros como yo, nos dejábamos llevar por el destino líquido.

La leyenda decía que nadie tocó fondo alguna vez. El frenesí no alcanzaba para arriesgarse a derribar mitos.

Aún así ignorábamos el peligro. Con práctica, salir del río era un gasto de energía que derrochábamos.

Solo había que saber cuándo orillarse en el momento justo.

Un día de verano, el trapiche estaba colmado de gente.

Nosotros, como todos los días, corríamos río arriba a nuestro puerto de salida.

Los primeros metros fueron la agradable rutina de siempre, pero al abrirse el río se notó más corriente de lo habitual.

Habían sacado la mayor parte de los troncos del puente, generando velocidades desconocidas para marineros principiantes.

Los más astutos lograron orillarse anticipadamente; otros nadaban con urgencia.

Yo esa vez me dejé llevar aún más y mi plan improvisado fracasó antes de nacer.

Pensé que recalaría tranquilo en lo que quedaba del puente,

pero la cámara se hundió caprichosamente y al instante se impulsó por los aires.

Fue lo último que vi de ella. Me revolqué en un remolino de aguas espumosas

y mis instintos me exigieron aferrarme al puente y lo logré a duras penas.

La corriente quería que me soltara y se llevó mi traje de baño.

En ese instante me di cuenta de que ya había gente asomándose. Yo los veía con la vida aferrada en mis manos.

Desnudo como pez contra corriente y dividido entre la vida y la vergüenza,

el pudor pudo más en la emergencia y con indecisión me entregué nuevamente al torrente.

El instante sumergido duró menos de lo que pensaba y tocaba fondo. El mito se reveló sin que a nadie le importara.

Me incorporé con el agua en mis rodillas y la gente más se preocupaba de mi exhibición que de un accidente sin heridos.

Yo acusé vergüenzas.

Mi memoria después es vaga,

Alguien me acercó una toalla.

Un camino de regreso solitario.

Lo que sí recuerdo bien es que nunca más volví al trapiche.
 
Nosotros llegábamos temprano. Desayunábamos rápido. El punto de reunión era siempre el reloj en la Punta de Diamante.

Cada uno con su toalla, con el sol picando las nucas, desordenados por la calle pedregosa.

El trapiche nos recibía con un arco de madera y una pradera descuidada, cruzada con varios senderos que conocíamos de memoria.

Ahí la caminata se volvía silenciosa, con la ansiedad de niños en una aventura conocida.

Teníamos que llegar a orillas del río, donde un puente de troncos rompía el cauce.

Arrendábamos cámaras infladas y el vicio era dejarse llevar.

Veinte minutos navegando entre libélulas y tímidos alevines,

a la deriva con el ruido de aguas quietas.

A medio recorrido el río se abría y las corrientes nos obligaban al riesgo.

Algunos atacaban el oleaje flotando boca abajo; otros como yo, nos dejábamos llevar por el destino líquido.

La leyenda decía que nadie tocó fondo alguna vez. El frenesí no alcanzaba para arriesgarse a derribar mitos.

Aún así ignorábamos el peligro. Con práctica, salir del río era un gasto de energía que derrochábamos.

Solo había que saber cuándo orillarse en el momento justo.

Un día de verano, el trapiche estaba colmado de gente.

Nosotros, como todos los días, corríamos río arriba a nuestro puerto de salida.

Los primeros metros fueron la agradable rutina de siempre, pero al abrirse el río se notó más corriente de lo habitual.

Habían sacado la mayor parte de los troncos del puente, generando velocidades desconocidas para marineros principiantes.

Los más astutos lograron orillarse anticipadamente; otros nadaban con urgencia.

Yo esa vez me dejé llevar aún más y mi plan improvisado fracasó antes de nacer.

Pensé que recalaría tranquilo en lo que quedaba del puente,

pero la cámara se hundió caprichosamente y al instante se impulsó por los aires.

Fue lo último que vi de ella. Me revolqué en un remolino de aguas espumosas

y mis instintos me exigieron aferrarme al puente y lo logré a duras penas.

La corriente quería que me soltara y se llevó mi traje de baño.

En ese instante me di cuenta de que ya había gente asomándose. Yo los veía con la vida aferrada en mis manos.

Desnudo como pez contra corriente y dividido entre la vida y la vergüenza,

el pudor pudo más en la emergencia y con indecisión me entregué nuevamente al torrente.

El instante sumergido duró menos de lo que pensaba y tocaba fondo. El mito se reveló sin que a nadie le importara.

Me incorporé con el agua en mis rodillas y la gente más se preocupaba de mi exhibición que de un accidente sin heridos.

Yo acusé vergüenzas.

Mi memoria después es vaga,

Alguien me acercó una toalla.

Un camino de regreso solitario.

Lo que sí recuerdo bien es que nunca más volví al trapiche.
Una entretenida y temeraria travesía.

Saludos
 
Gran diversión hasta que sucedió lo inesperado, una excelente redacción que entretiene y hace sonreír.

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