Días gélidos, días
grises,
tristes y aburridos.
Neblina entrando
por debajo de la puerta,
nieve congelando
el corazón.
Nada es tan sencillo
cuando la melancolía
te pone el
pie para tropezar,
caer y romperte
el brazo,
la espalda
o simplemente
la
vida.
Tiemblo inexorablemente
debajo de las sábanas.
Nada se escucha,
los pájaros han
muerto,
el cadáver de mi
perro está a media
cocina,
las mariposas se han
desintegrado
y ese color gris
se meta a
través -irrespetuoso- de
las cortinas dando una
atmósfera
viciada en toda
la casa.
Silencio.
El sepulcro de una
existencia vacía y vencida.
El llanto vacuo
de las sirenas en el
desierto.
Tierra,
humedad,
telarañas sin dueños,
cuerpos sin vida ni aire.
El reloj suena una
y otra vez.
Las manecillas impertérritas
que marcan y
abren y cierran heridas en
la eternidad, son mi
música perpetua,
la elegía perenne
de un desenlace
fatal.
Un mundo inhóspito, un
mundo callado,
una vida gris llena
de neblina y lodo.
Todo ha muerto,
las esperanzas, la humildad,
el coraje,
la fuerza,
el aire frío de los
Alpes y el tibio
azote de una alma
impetuosa
y llena aún de nadas.
Silencio.
Oscuridad.
Frialdad catastrófica
que arremete contra
los muertos
en las morgues,
en los panteones vetustos
y abarrotados.
Cierro los ojos.
Todo acabará, todo
quedará quieto
en la frontera de
la vida y la muerte.
Vidas rebosantes de vacuidades,
muerte sin sentido.
El último hombre sobre la
faz de la tierra,
el último vestigios de un posible
olvido permanente, por
fin se ha marchado.
grises,
tristes y aburridos.
Neblina entrando
por debajo de la puerta,
nieve congelando
el corazón.
Nada es tan sencillo
cuando la melancolía
te pone el
pie para tropezar,
caer y romperte
el brazo,
la espalda
o simplemente
la
vida.
Tiemblo inexorablemente
debajo de las sábanas.
Nada se escucha,
los pájaros han
muerto,
el cadáver de mi
perro está a media
cocina,
las mariposas se han
desintegrado
y ese color gris
se meta a
través -irrespetuoso- de
las cortinas dando una
atmósfera
viciada en toda
la casa.
Silencio.
El sepulcro de una
existencia vacía y vencida.
El llanto vacuo
de las sirenas en el
desierto.
Tierra,
humedad,
telarañas sin dueños,
cuerpos sin vida ni aire.
El reloj suena una
y otra vez.
Las manecillas impertérritas
que marcan y
abren y cierran heridas en
la eternidad, son mi
música perpetua,
la elegía perenne
de un desenlace
fatal.
Un mundo inhóspito, un
mundo callado,
una vida gris llena
de neblina y lodo.
Todo ha muerto,
las esperanzas, la humildad,
el coraje,
la fuerza,
el aire frío de los
Alpes y el tibio
azote de una alma
impetuosa
y llena aún de nadas.
Silencio.
Oscuridad.
Frialdad catastrófica
que arremete contra
los muertos
en las morgues,
en los panteones vetustos
y abarrotados.
Cierro los ojos.
Todo acabará, todo
quedará quieto
en la frontera de
la vida y la muerte.
Vidas rebosantes de vacuidades,
muerte sin sentido.
El último hombre sobre la
faz de la tierra,
el último vestigios de un posible
olvido permanente, por
fin se ha marchado.