Ictiandro
Poeta adicto al portal
Capturar el aliento y dibujar las alas,
somnífero de luz en oleaje de recuerdos
la gaviota olvidó sus pronósticos del tiempo
volviéndose al mar bravo sin hálito de vida,
ola tras ola meciendo errático rumbo
en gris amanecer de su cuerpo abatido.
Se pierde la maravilla de cuanto fue viento
sucumbiendo en la orilla tras vanos desesperos
y un grano de arena pesó un universo entero.
¿Hacia dónde volar con tantos estruendos?
Sobre las hojas meciendo la llamada de auxilio
se tendió el ave risueña en su postrer delirio,
un erial ante sus ojos se pobló de sueños
quedó la mañana olvidada en sus lamentos,
la temprana culminación del éxodo sin retorno.
Para calmar el sacrilegio de sus ciegos intentos,
un puñado de mar y otro de olvido,
cada ranura de sus fuerzas agotadas durmieron
al pie del espejo roto y sus fragmentos diluidos.
Desde la altura de su mirada el relámpago fue sordo
y luces fueron sus empeños en medio de la noche
que partió en pos del oceánico sosiego.
Ahora, sobre la playa desnuda del destino
la tormenta sació su felonía en débil mortaja
acuñando la tristeza con el abrazo moribundo.
somnífero de luz en oleaje de recuerdos
la gaviota olvidó sus pronósticos del tiempo
volviéndose al mar bravo sin hálito de vida,
ola tras ola meciendo errático rumbo
en gris amanecer de su cuerpo abatido.
Se pierde la maravilla de cuanto fue viento
sucumbiendo en la orilla tras vanos desesperos
y un grano de arena pesó un universo entero.
¿Hacia dónde volar con tantos estruendos?
Sobre las hojas meciendo la llamada de auxilio
se tendió el ave risueña en su postrer delirio,
un erial ante sus ojos se pobló de sueños
quedó la mañana olvidada en sus lamentos,
la temprana culminación del éxodo sin retorno.
Para calmar el sacrilegio de sus ciegos intentos,
un puñado de mar y otro de olvido,
cada ranura de sus fuerzas agotadas durmieron
al pie del espejo roto y sus fragmentos diluidos.
Desde la altura de su mirada el relámpago fue sordo
y luces fueron sus empeños en medio de la noche
que partió en pos del oceánico sosiego.
Ahora, sobre la playa desnuda del destino
la tormenta sació su felonía en débil mortaja
acuñando la tristeza con el abrazo moribundo.