Con hoz oxidada,el viejo asesino de trigales desbrozados,ríe ante la atenta mirada del iracundo sol que fermenta en su interior fuego de Olimpia. Cuando ya ha descuartizado en penosos trozos el áureo alimento de toda una anual cosecha,deja caer la malévola herramienta;y se sienta en el blasfemado suelo para dormir,mientras el lucero del atardecer-esta flagrante estrella verpertina-irradia su pavoroso ensueño de pesadilla malévola.Antes de que la noche caiga sobre el campo maltratado.Entonces,nuestro vil secuaz de la muerte,intuye en sueños de plomo cómo el demonio se lleva las tres cuartas partes de la cosecha,mientras él,el impotente herético se mueve entre convulsiones somníferas de desgarrador temor.Y un estrépito de metálicas voces cavernícolas hacen pedazos su sedado cerebro de vil conquistador de alimentos sagrados,dejando de él no más que un pellejo nocturno.