poetakabik
Poeta veterano en el portal
Poema narrativo
Él la miraba como quien descubre
un universo recién nacido,
con estrellas ocultas en sus ojos,
y lunas temblando en su piel.
Ella, con delicadeza de lirio,
extendía su voz sobre el silencio,
como un murmullo de río secreto
que acaricia sin herir la orilla.
Se buscaban, primero tímidos,
como dos aves que prueban el aire,
como dos manos que dudan del roce
pero ansían fundirse en un abrazo.
El tiempo se volvió invisible
cuando los labios dijeron su verdad.
Un beso fue campana en la penumbra,
un incendio que no pedía permiso,
y allí la pasión se volvió torrente:
olas desbordadas rompiendo diques,
viento encendido rozando las pieles,
sed que no sabía de límites.
Mas después, el ardor dio paso a calma,
y entre sus brazos floreció ternura.
Él, con gesto lento, le apartó el cabello,
descubriendo en la frente su inocencia.
Ella apoyó su rostro en su pecho,
escuchando el latido como promesa,
como un juramento sin palabras,
como un refugio eterno y presente.
No todo era furia ni todo era calma:
eran ambos un vaivén de mareas,
intensidad y dulzura entrelazadas,
rompiendo y curando en el mismo instante.
Y cuando la noche los cubrió enteros,
se dijeron, sin decirlo,
que habían hallado en el otro
la raíz, la llama y el canto.
Él la miraba como quien descubre
un universo recién nacido,
con estrellas ocultas en sus ojos,
y lunas temblando en su piel.
Ella, con delicadeza de lirio,
extendía su voz sobre el silencio,
como un murmullo de río secreto
que acaricia sin herir la orilla.
Se buscaban, primero tímidos,
como dos aves que prueban el aire,
como dos manos que dudan del roce
pero ansían fundirse en un abrazo.
El tiempo se volvió invisible
cuando los labios dijeron su verdad.
Un beso fue campana en la penumbra,
un incendio que no pedía permiso,
y allí la pasión se volvió torrente:
olas desbordadas rompiendo diques,
viento encendido rozando las pieles,
sed que no sabía de límites.
Mas después, el ardor dio paso a calma,
y entre sus brazos floreció ternura.
Él, con gesto lento, le apartó el cabello,
descubriendo en la frente su inocencia.
Ella apoyó su rostro en su pecho,
escuchando el latido como promesa,
como un juramento sin palabras,
como un refugio eterno y presente.
No todo era furia ni todo era calma:
eran ambos un vaivén de mareas,
intensidad y dulzura entrelazadas,
rompiendo y curando en el mismo instante.
Y cuando la noche los cubrió enteros,
se dijeron, sin decirlo,
que habían hallado en el otro
la raíz, la llama y el canto.