Felipe Antonio Santorelli
Poeta que considera el portal su segunda casa
Un día aconteció algo simpático;
me llevé a mis hijos al zoológico,
tendrían tres y cuatro años. Cómico
resultó lo que allí pasó. Apático
caminé al lado de la jaula de aves
¡y sorpresa! cuando un loro dijo: ¡hola!.
Lo recuerdo como film en moviola;
como recuerda el náufrago las naves.
Los niños asidos a los barrotes
gritaban en graciosa algarabía,
como quién; pletórico de alegría
descubre que ha ganado muchos lotes
o ha visto nuevamente a un viejo amigo:
-¡Hola señor Loro!, ¡hola!, ¿cómo está?.
-Señor Loro, lorito, ¡este es mi papá!
le profesaban al loro; su amigo,
los infantes, su sacrosanta verdad
(¡Me dieron mis hijos tal felicidad!)
-¡Mi papá, jejejejeje mi papá!
Un padre orgulloso de sus dos hijos
y más orgulloso de ser su papá,
recuerda con nostalgia los alijos
de aquel día que ya nunca volverá.
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me llevé a mis hijos al zoológico,
tendrían tres y cuatro años. Cómico
resultó lo que allí pasó. Apático
caminé al lado de la jaula de aves
¡y sorpresa! cuando un loro dijo: ¡hola!.
Lo recuerdo como film en moviola;
como recuerda el náufrago las naves.
Los niños asidos a los barrotes
gritaban en graciosa algarabía,
como quién; pletórico de alegría
descubre que ha ganado muchos lotes
o ha visto nuevamente a un viejo amigo:
-¡Hola señor Loro!, ¡hola!, ¿cómo está?.
-Señor Loro, lorito, ¡este es mi papá!
le profesaban al loro; su amigo,
los infantes, su sacrosanta verdad
(¡Me dieron mis hijos tal felicidad!)
-¡Mi papá, jejejejeje mi papá!
Un padre orgulloso de sus dos hijos
y más orgulloso de ser su papá,
recuerda con nostalgia los alijos
de aquel día que ya nunca volverá.
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