Pinturicchio
Poeta recién llegado
Al principio ella era una manera de lo bello
un rostro que no salpicaba las mentiras
unas manos que verlas confundían a los ojos.
Un pelo de todo un color de fuego
una mirada seria, llena de misterios,
una presencia que menguaba el entorno,
unos pies íntimos,
un milagro.
Era impredecible todo ese pesar,
el momento de cuando mis sentidos la buscaban,
simple y además,
pasaba de los modos, los gestos,
no importaban, ni siquiera el olor,
sea palabras la luz de aquel instante,
tan informal,
que designaron mis ganas,
solo silencio,
ni risas, ni señales, ni papeles.
El optimismo, sin conocerlo,
se alimentaba, de nuevo, fuerte.
Tan distante de la expiración,
tan alejado de un paro de latidos,
tan nacido sobre la tierra,
tan vivo, como el instante,
que después, no importaba,
ni la gente, ni la luna, ni la eternidad,
ni el discurso en mi bolsillo,
ni la presentación en mi nombre.
Más mi otra mitad, se negaba a separarse,
y en ese momento sentí,
que era ella la que llenaba mis brazos,
y mi vista, y mi cuerpo.
Y de nuevo mi ego,
complicadamente me retornaba,
pero ahora,
lamentando el futuro fuera de su cuerpo.
Sólo entonces mi mente era de ella,
votando,
y sin preguntas, sin cartas formales,
sin esas melodías, sin perder las palabras,
sin tan siquiera el aviso de tocar a la puerta,
empecé a necesitarla.
un rostro que no salpicaba las mentiras
unas manos que verlas confundían a los ojos.
Un pelo de todo un color de fuego
una mirada seria, llena de misterios,
una presencia que menguaba el entorno,
unos pies íntimos,
un milagro.
Era impredecible todo ese pesar,
el momento de cuando mis sentidos la buscaban,
simple y además,
pasaba de los modos, los gestos,
no importaban, ni siquiera el olor,
sea palabras la luz de aquel instante,
tan informal,
que designaron mis ganas,
solo silencio,
ni risas, ni señales, ni papeles.
El optimismo, sin conocerlo,
se alimentaba, de nuevo, fuerte.
Tan distante de la expiración,
tan alejado de un paro de latidos,
tan nacido sobre la tierra,
tan vivo, como el instante,
que después, no importaba,
ni la gente, ni la luna, ni la eternidad,
ni el discurso en mi bolsillo,
ni la presentación en mi nombre.
Más mi otra mitad, se negaba a separarse,
y en ese momento sentí,
que era ella la que llenaba mis brazos,
y mi vista, y mi cuerpo.
Y de nuevo mi ego,
complicadamente me retornaba,
pero ahora,
lamentando el futuro fuera de su cuerpo.
Sólo entonces mi mente era de ella,
votando,
y sin preguntas, sin cartas formales,
sin esas melodías, sin perder las palabras,
sin tan siquiera el aviso de tocar a la puerta,
empecé a necesitarla.