iadra
Poeta que considera el portal su segunda casa
Estridentes latidos formándome
música, esta que ella
me cantó con su melodiosa
voz de musa.
Entonaba como himno
el sonido de la bomba
cuando estallaba.
Y luego se preguntaba
con ojos cerezas
si alguna estrella valía saber
o mejor se quedaba
como antes, encerrada.
A sus labios de cianuro
nunca supe que contestar.
Corría a besarlos
para apresarles las gotas
que trataban de introducirse
en su humedad.
Pero siempre dinamitaba
mis absurdos intentos y reía
mirando el caramelo derretido en el cabello
y las esferas amarillas recorriendo
la piel púrpura.
Se le encriptaban pensamientos
como un código de inmoralidad,
de esa tan deliciosa,
y cuando me besaba
saltaban como oraciones de
la religión más pagana.
Llevaba una bandera en el cuerpo,
pechos como los soles de escudo,
y al final, venía el territorio de la gloria.
Era ella una historia que me gusta contar,
una canción que bailo aún,
la más grande sinfonía en mi callado aposento.