Teo Moran
Poeta fiel al portal
El trigo se ondula por la caricia del viento,
se eleva y después se hunde por su mano;
sus espigas son empujadas con delicadeza
hacia la curva de un horizonte acaracolado
cubierto del nácar de las nubes que se desperezan
y con su armonía dejan caer las notas cristalinas
tan anheladas por los bostezos del campo.
Llevo la ausencia como el chopo dorado
que con su esbozo en el manto del río sinuoso
deja sus hojas yermas al delirio del viento,
mas sé que ella es dueña del propio aire
que acaricia las espigas con sus leves dedos,
del oxígeno incoloro que hincha mi pecho
y da vida a la melodía alegre del corazón.
Llevo en la frente arruga y cano pelo,
en mis ojos la partitura severa del tiempo,
en los hombros la carga de la ausencia
a veces liviana y otras curva a mi cuerpo,
mas ella es dueña de la carne y de la piel,
de su placidez y también del tórrido deseo,
de los pliegues sensuales donde vivo y muero
mientras todo alrededor se torna un misterio.
Llevo senda y camino al hogar del alma,
ella a veces es férrea como una fortaleza
aún en las potreras luces del lánguido otoño,
mas otras se siente débil como una hoja seca
cuando el amor le alcanza con su inocencia
y tira sus fuertes paredes con un simple gesto,
mas ella es dueña del castillo que gobierno,
es ley y es oración en mi insatisfecha razón
que aunque en las debilidades perece
y el tiempo con su desorden la instruya
donde nuestro amor otoñal impartirá justicia
dando fe y esperanza a este viejo trovador.
Llevo el pan y la sal en un mundo abierto,
las espigas delgadas de un campo otoñal
que con su color dorado da sustento al verso,
la partitura de unos latidos enamorados
en la cúspide de mi montaraz corazón,
mas ella es dueña del arrullo del viento,
del ocaso que oculta con su manto al mundo
y del camino que se pierde entre los parpadeos
donde ella también es dueña de la luz del sol…
¡Es la dueña del amor otoñal que late en mi corazón!
se eleva y después se hunde por su mano;
sus espigas son empujadas con delicadeza
hacia la curva de un horizonte acaracolado
cubierto del nácar de las nubes que se desperezan
y con su armonía dejan caer las notas cristalinas
tan anheladas por los bostezos del campo.
Llevo la ausencia como el chopo dorado
que con su esbozo en el manto del río sinuoso
deja sus hojas yermas al delirio del viento,
mas sé que ella es dueña del propio aire
que acaricia las espigas con sus leves dedos,
del oxígeno incoloro que hincha mi pecho
y da vida a la melodía alegre del corazón.
Llevo en la frente arruga y cano pelo,
en mis ojos la partitura severa del tiempo,
en los hombros la carga de la ausencia
a veces liviana y otras curva a mi cuerpo,
mas ella es dueña de la carne y de la piel,
de su placidez y también del tórrido deseo,
de los pliegues sensuales donde vivo y muero
mientras todo alrededor se torna un misterio.
Llevo senda y camino al hogar del alma,
ella a veces es férrea como una fortaleza
aún en las potreras luces del lánguido otoño,
mas otras se siente débil como una hoja seca
cuando el amor le alcanza con su inocencia
y tira sus fuertes paredes con un simple gesto,
mas ella es dueña del castillo que gobierno,
es ley y es oración en mi insatisfecha razón
que aunque en las debilidades perece
y el tiempo con su desorden la instruya
donde nuestro amor otoñal impartirá justicia
dando fe y esperanza a este viejo trovador.
Llevo el pan y la sal en un mundo abierto,
las espigas delgadas de un campo otoñal
que con su color dorado da sustento al verso,
la partitura de unos latidos enamorados
en la cúspide de mi montaraz corazón,
mas ella es dueña del arrullo del viento,
del ocaso que oculta con su manto al mundo
y del camino que se pierde entre los parpadeos
donde ella también es dueña de la luz del sol…
¡Es la dueña del amor otoñal que late en mi corazón!