G. Sarmiento
Poeta asiduo al portal
Ella nunca consintió
que la tratase como amiga,
e insistente, repetía:
¡No me maltrates el corazón!
Hay palabras que no cubren
las magnitudes de un fluido.
Pobre cauce para un río
que arrastre un caudal mayor.
Ella nunca me trató
como se trata a un amigo.
Y ya ven, ¡qué desatino!...
¡Hasta mi río se alegró!
En las cosas del querer
no hay reglas, rimas, ni remilgos.
El corazón es un niño
que juega siempre a sorprender.
Antes que semivestido,
prefiere un integral desnudo.
Así se siente seguro,
sin que lo puedan avergonzar.
Sin nada que ocultar,
te desarma en sólo un segundo.
Y al siguiente segundo,
te deja hecho todo un flan.
Ella nunca consintió
lo que consiente la mayoría.
Por eso yo la quería,
y aún la quiero con más pasión.
¡Ay, no mueras, por favor,
sin cumplir con lo que prometiste!
El teléfono resiste,
pero suena triste sin tu voz
G.S.A.
que la tratase como amiga,
e insistente, repetía:
¡No me maltrates el corazón!
Hay palabras que no cubren
las magnitudes de un fluido.
Pobre cauce para un río
que arrastre un caudal mayor.
Ella nunca me trató
como se trata a un amigo.
Y ya ven, ¡qué desatino!...
¡Hasta mi río se alegró!
En las cosas del querer
no hay reglas, rimas, ni remilgos.
El corazón es un niño
que juega siempre a sorprender.
Antes que semivestido,
prefiere un integral desnudo.
Así se siente seguro,
sin que lo puedan avergonzar.
Sin nada que ocultar,
te desarma en sólo un segundo.
Y al siguiente segundo,
te deja hecho todo un flan.
Ella nunca consintió
lo que consiente la mayoría.
Por eso yo la quería,
y aún la quiero con más pasión.
¡Ay, no mueras, por favor,
sin cumplir con lo que prometiste!
El teléfono resiste,
pero suena triste sin tu voz
G.S.A.
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