Karen Gajda
Poeta adicto al portal
A César
con infinito amor
con infinito amor
En algún prado de alguna orilla,
la tierra respiraba aún
el calor del día,
en algún río de alguna ciudad,
a la hora cuando otros seres
comenzaron su vida,
la noche aterciopelada sembró algunas estrellas,
fue cuando la dulzura de tus besos
me robó el aliento.
Húmedos labios se acercaron
para fecundar los míos con el rocío de tu miel.
Tu mirada es mágica y encantadora,
me hizo perder en lo profundo de tus ojos de trigo,
el murmullo suave del río ya no notaba.
Sentía sólo el roce de tu cuerpo,
febril, fuerte y tierno a la vez,
tus manos electrizando cada poro de mi piel.
Te me ofrecia en el altar
de nuestra pasión insaciable,
pidiendo que me llenes,
que me llenes y que me bebas
y me regales tus verdades.
Un mar de luciérnagas se encendió
cuando tiernamente me penetraste debajo de la piel,
iluminando dos cuerpos envueltos,
dos seres quemando...
Nuestros gemidos se perdieron
en el torbellino que nos llevó
para descubrirnos esferas más altas
que nunca adivinamos.
No vimos nada del baile de las ninfas,
de los unicornios y pegasos.
Hasta las savias fértiles te perdiste en mí,
me inundaste una y otra vez,
no sentimos cansancio
y como el ave de las cenizas se despertó de nuevo
la llama de nuestros deseos.
Envueltos dormimos hasta la madrugada,
una última luciérnaga cuidaba nuestro sueño.
Las ninfas se despidieron.
Sólo tu cuerpo en el mío, tibio, hermoso,
me confirmó que no soñaba.