poetakabik
Poeta veterano en el portal
Poema narrativo:
Se encontraron al borde del sendero,
donde la tarde se tiñó de cobre,
y el viento en complicidad secreta
susurró un “acercaos” entre los árboles.
Él miró en sus ojos un mar abierto,
ella en los suyos un faro que ardía,
y el silencio —más fuerte que la voz—
unió sus almas en pura poesía.
—“Eres mi aurora”— dijo él temblando,
—“Eres mi pausa”— murmuró ella, suave.
Y entre sus labios nació la promesa
que no precisa de palabras grandes.
Se tomaron las manos lentamente,
el roce ardía y a la vez calmaba,
como si el fuego y el río a un tiempo
jugasen juntos sobre la misma llama.
La pasión, despierta como tormenta,
los envolvía con furor divino,
pero en el centro, un remanso tierno
era refugio, nido y destino.
La noche entonces les abrió su manto,
bordado en plata, misterioso y vasto,
y en cada estrella se grabó el instante
como un secreto que jamás fue hallado.
Caminaron, juntos, bajo la luna,
sin más certeza que aquella presencia,
y en cada gesto, el universo entero
parecía inclinarse a su inocencia.
Él besó su frente con fuego y calma,
ella en sus brazos halló un latido,
y en el cruce de pasiones y ternuras
la vida toda se sintió sentido.
Y cuando al alba los sorprendió el canto
de un ruiseñor que estrenaba el día,
no hubo final, tan solo un comienzo:
el claro eterno donde el amor vivía.
Se encontraron al borde del sendero,
donde la tarde se tiñó de cobre,
y el viento en complicidad secreta
susurró un “acercaos” entre los árboles.
Él miró en sus ojos un mar abierto,
ella en los suyos un faro que ardía,
y el silencio —más fuerte que la voz—
unió sus almas en pura poesía.
—“Eres mi aurora”— dijo él temblando,
—“Eres mi pausa”— murmuró ella, suave.
Y entre sus labios nació la promesa
que no precisa de palabras grandes.
Se tomaron las manos lentamente,
el roce ardía y a la vez calmaba,
como si el fuego y el río a un tiempo
jugasen juntos sobre la misma llama.
La pasión, despierta como tormenta,
los envolvía con furor divino,
pero en el centro, un remanso tierno
era refugio, nido y destino.
La noche entonces les abrió su manto,
bordado en plata, misterioso y vasto,
y en cada estrella se grabó el instante
como un secreto que jamás fue hallado.
Caminaron, juntos, bajo la luna,
sin más certeza que aquella presencia,
y en cada gesto, el universo entero
parecía inclinarse a su inocencia.
Él besó su frente con fuego y calma,
ella en sus brazos halló un latido,
y en el cruce de pasiones y ternuras
la vida toda se sintió sentido.
Y cuando al alba los sorprendió el canto
de un ruiseñor que estrenaba el día,
no hubo final, tan solo un comienzo:
el claro eterno donde el amor vivía.