Su mirada
es una sonrisa que llora,
que tiembla en un violín
vestido de esperanza.
Porque el futuro es una escuela
de ignorantes terciarios,
es que evoco su simpleza
ingobernablemente viva
como un río
consciente de su cauce.
Porque sus manos
gritaron a mis dedos
su canción más amada.
De los mares la sal,
conservó ese sabor.
Ya todo muere entre nosotros.
Se entierran los ladrillos.
Vimos morir aquel instante,
viviéndolo eternamente.
Pero fuimos igual.
¡A la deriva!
Decían las máscaras.
Y estábamos adentro.
No nos vieron jamás.
Nunca entendieron.
Vimos morir nuestra cordura
disipando barreras por las calles.
Porque la gloria es de andar.
Porque el honor es el camino.
Porque el faro la busca
en ese instante en que su soledad
se eleva y se le escapa.
Las princesas se buscan en el viento,
y el viento no conoce despedidas,
ni lugares intactos.
Porque la distancia
nos regaló esta risa.
Este fuego que se enciende
en el desierto.
Para esperarla en esa cumbre
donde nacen los sueños,
para darle un jazmín
que se haga verso
entre sus manos,
para vernos profundo.
Sin pájaros suicidas.
Sin risas imposibles.
Sin barcos que se oculten
tras la ceguera estéril
de algún féretro cuerdo.
es una sonrisa que llora,
que tiembla en un violín
vestido de esperanza.
Porque el futuro es una escuela
de ignorantes terciarios,
es que evoco su simpleza
ingobernablemente viva
como un río
consciente de su cauce.
Porque sus manos
gritaron a mis dedos
su canción más amada.
De los mares la sal,
conservó ese sabor.
Ya todo muere entre nosotros.
Se entierran los ladrillos.
Vimos morir aquel instante,
viviéndolo eternamente.
Pero fuimos igual.
¡A la deriva!
Decían las máscaras.
Y estábamos adentro.
No nos vieron jamás.
Nunca entendieron.
Vimos morir nuestra cordura
disipando barreras por las calles.
Porque la gloria es de andar.
Porque el honor es el camino.
Porque el faro la busca
en ese instante en que su soledad
se eleva y se le escapa.
Las princesas se buscan en el viento,
y el viento no conoce despedidas,
ni lugares intactos.
Porque la distancia
nos regaló esta risa.
Este fuego que se enciende
en el desierto.
Para esperarla en esa cumbre
donde nacen los sueños,
para darle un jazmín
que se haga verso
entre sus manos,
para vernos profundo.
Sin pájaros suicidas.
Sin risas imposibles.
Sin barcos que se oculten
tras la ceguera estéril
de algún féretro cuerdo.