Alan Gabriel
Poeta recién llegado
La noche cae en tu ventana, las campanas de la iglesia retumban en tus sangrientos oídos.
Despiertas en las sombras de una alfombra roja intentando recordar como llegaste ahí.
Caminas por los oscuros pasadizos de aquel extraño lugar sin rumbo, el temor se apodera de ti...los demás sacerdotes han desaparecido,
estas solo, hundido en la miseria.
Corres sin mirar las figuras de los santos a quienes les has jurado fidelidad eterna...malditas promesas que jamás has cumplido.
Las habitaciones están cerradas, alguien quiere atraparte.
El hedor tan repulsivo proviene del patio externo ¿irás?...por supuesto que sí, siempre adoraste lo oscuro del ser humano.
Las paredes se cierran más y más, no puedes escapar, algo te atrae hacia su presencia.
La lluvia no cesa, tampoco tu traicionera lujuria.
La fuente, fundada por cálidos ángeles, yace cubierta de óxido y repugnantes seres sin rostro.
A lo lejos una dama si una bella doncella ahogándose en gritos sin repuesta.
No puedes abandonarla y dejarla morir, acaso has olvidado aquel lema de ama al prójimo.
La levantas del suelo muerto de espinas y la llevas contigo al negro altar.
Los ojos te dominan, no sabes que hacer, sus heridas no cierran, las cicatrices se abren alimentándose del sufrimiento de la trágica situación.
Su mano oculta un plateado rosario cubierto de lágrimas de lamentos.
Lo tomas y rezas por su desgraciada alma.
Éste se parte en tus manos, sus cuentas se expanden en tu exaltación, ¿a caso Dios te ha abandonado?
Sientes el crujir de las puertas que se abren detrás de ti, las figuras de tus compañeros salen de las tinieblas del dintel, cuerpos putrefactos se apilan en tu mirar.
El filo del manchado cuchillo se siente en tus dedos, ¿por qué no acabar con la desesperación de aquella mujer, tu amante?..¿por qué?.. si ya lo has hecho con tus amigos.
El hambre vuelve a ti fue su culpa, la carne de la tentación te obligó a hacerlo debe pagar.
La seductora imagen de la agonía en su cuerpo nubla por completo la aparición de tu cadáver reposando sobre aquella alfombra roja.
Despiertas en las sombras de una alfombra roja intentando recordar como llegaste ahí.
Caminas por los oscuros pasadizos de aquel extraño lugar sin rumbo, el temor se apodera de ti...los demás sacerdotes han desaparecido,
estas solo, hundido en la miseria.
Corres sin mirar las figuras de los santos a quienes les has jurado fidelidad eterna...malditas promesas que jamás has cumplido.
Las habitaciones están cerradas, alguien quiere atraparte.
El hedor tan repulsivo proviene del patio externo ¿irás?...por supuesto que sí, siempre adoraste lo oscuro del ser humano.
Las paredes se cierran más y más, no puedes escapar, algo te atrae hacia su presencia.
La lluvia no cesa, tampoco tu traicionera lujuria.
La fuente, fundada por cálidos ángeles, yace cubierta de óxido y repugnantes seres sin rostro.
A lo lejos una dama si una bella doncella ahogándose en gritos sin repuesta.
No puedes abandonarla y dejarla morir, acaso has olvidado aquel lema de ama al prójimo.
La levantas del suelo muerto de espinas y la llevas contigo al negro altar.
Los ojos te dominan, no sabes que hacer, sus heridas no cierran, las cicatrices se abren alimentándose del sufrimiento de la trágica situación.
Su mano oculta un plateado rosario cubierto de lágrimas de lamentos.
Lo tomas y rezas por su desgraciada alma.
Éste se parte en tus manos, sus cuentas se expanden en tu exaltación, ¿a caso Dios te ha abandonado?
Sientes el crujir de las puertas que se abren detrás de ti, las figuras de tus compañeros salen de las tinieblas del dintel, cuerpos putrefactos se apilan en tu mirar.
El filo del manchado cuchillo se siente en tus dedos, ¿por qué no acabar con la desesperación de aquella mujer, tu amante?..¿por qué?.. si ya lo has hecho con tus amigos.
El hambre vuelve a ti fue su culpa, la carne de la tentación te obligó a hacerlo debe pagar.
La seductora imagen de la agonía en su cuerpo nubla por completo la aparición de tu cadáver reposando sobre aquella alfombra roja.